''Estrecha colaboración'' by Ariesnomu / Mu Saga 4 ever (traducción mayo 2009) Capítulo 5 : Cita (continuación) Discutieron de camino sobre unas y otras cosas y un poco antes de llegar a su templo Saga preguntó inocentemente si iban a bañarse en la tarde. Mu respondió que sólo iban a darse un chapuzón, para permitir que Minos relajara y reeducara sus músculos con suavidad. Luego le preguntó si quería acompañarlos. Esperando sólo eso, Saga aceptó la invitación de Mu de juntarse a ellos con alegría, dirigiéndole de paso una sonrisa victoriosa al Juez. Dos por todas partes diría el marcador si se reanudaban las cuentas desde dónde las habían dejado, o sea, desde el masaje prodigado por el carnero al grifo la noche anterior. Minos no dijo nada pero sí lo pensó fuertemente : ¡Es que el pajolero esquizofrénico había decidido estropearle su día completo! No sólo estaba contento con haberse incrustado durante todo su día de trabajo y de haberlos invitado a comer al mediodía, sino que ahora también venía inmiscuirse en ese pequeño momento de descanso que iban a darse. De verdad necesitaba encontrar un medio de apartar a ese estúpido esquizofrénico de su camino. Definitivamente. De hecho, después de haber felicitado a su rival por su eficaz colaboración y hecho el elogio de los poderes de Mu, que les había permitido trabajar juntos tan activamente, preguntó inocentemente si era necesario que el gemelo se juntara de nuevo con ellos el día siguiente ya que habían dado vueltas a todo lo que había visto y vivido en Egipto, alegando además que los estudios y búsquedas de a tres habían particularmente cansado a Mu, quién había debido unir las mentes de los tres al mismo tiempo durante todo el día, o casi. Mu estaba efectivamente muy cansado pero respondió con su voz dulce y clara que una buena noche de sueño le bastaría ampliamente para recobrar toda su energía y que al contrario, eso había constituido un excelente ejercicio. Saga replicó que no tenía razón de volver el día siguiente, en efecto, pero que como las búsquedas habían considerablemente avanzado entonces el grifo podría regresar más rápidamente en su casa. Entonces Minos replicó que aún debía tomar en copia muchos documentos y era él quién tenía el poder de decisión en cuanto a lo que convenía traer para la biblioteca de su Dueño y señor Hades. Sintiendo que el intercambio tomaba forma de pugilato, Mu intervino para cambiar de tema y como estaban a punto de llegar a la pequeña playa, la conversación que empezaba a volverse tensa quedó ahí. Pero no para Saga quien pretextando generosamente inquietarse por la salud del grifo, y con el fin de que éste no sucumbiera a la tentación de medirse con él al nadar y se hiriera de nuevo de manera inoportuna, Saga decidió no bañarse y propuso a Mu proseguir su discusión mientras Minos se relajaba en el agua. Era verdad que el Juez no lo necesitaba para eso, pero siendo atento, Mu le preguntó si no le molestaba y no teniendo ningún argumento que objetar, éste debió reconocer que podía bañarse a solas. Aunque hubiera preferido darse un chapuzón con el bello lemuriano, habiendo revestido con este fin su casi tanga de baño. Fue así que Mu y Saga se sentaron en la arena frente al mar para discutir tranquilamente, mientras el Juez se dirigía hacia el borde del agua, observándolos a hurtadillas. El grifo los vigiló de reojo mientras efectuaba sus largos en el agua. Miraba verdaderamente con malos ojos al gemelo acercarse al carnero, el cual parecía apreciar mucho la compañía del estúpido esquizofrénico. Quizás fuera sólo fingida cortesía para aparentar o una trivial discusión entre colegas, pero por más que Mu no mostraba nada de sus sentimientos, sin embargo, dejaba claro que tenía admiración por el gemelo y apreciaba su conversación, que, debía reconocerlo, era muy interesante, teniendo en cuenta su gran experiencia. Las palabras de Aiakos volvieron a su memoria, y Minos no quedó mucho tiempo en el agua para no dejarlos juntos demasiado tiempo a esos dos. El carnero era suyo y bien tenía intención de acelerar las cosas esa noche. Y sobre todo de desembarazarse del gemelo, de una manera o otra, cuya presencia se hacía cada vez más molesta. Tenía que encontrar un medio a toda costa, y rápido... El estúpido esquizofrénico había tenido todo el tiempo de acercarse al carnero antes, pero nunca lo había hecho, ¿ y ahora era cuando se decidía pegándoselo como una sanguijuela por añadidura ? Pero qué mal jugador era... Por lo menos, les dejaría tranquilos esa tarde y el día siguiente en la biblioteca debido a las circunstancias, pero... ¿ Y si los invitaba de nuevo a almorzar y, aún peor, se pegaba de nuevo a ellos por la tarde ? Una toalla traída por tele transportación se presentó ante él mientras salía del agua, interrumpiendo sus pensamientos y calentando su corazón por un breve instante. Minos sonrió al ver la expresión contrariada del gemelo ante las atenciones y la solicitud del joven lemuriano respecto a él, aunque Mu sólo se había dado cuenta durante el transcurso de la conversación de que había completamente olvidado pararse en su templo para tomar una toalla para el grifo. Éste no pudo abstenerse de hacer nuevos y entusiastas elogios sobre esos pequeños gestos atentos del carnero y sus poderes lemurianos, tan prácticos en la vida diaria, que por cierto extrañaría cuando se fuera. Incluso se regodeó en declarar que el agua era verdaderamente agradable aquí, y que aunque estaba acostumbrado a las aguas frías de su Noruega natal, empezaba a acostumbrarse a esa playa y a sus aguas turquesas y que por ello no le desagradaría volver en algún momento, sobre todo si Mu estaba allí para traerle su toalla de esa manera tan agradable y exótica. Minos se secó y vistió rápidamente, y luego los tres regresaron juntos, discutiendo tan tranquilamente como fuera posible hasta la primer casa, donde se separaron en el umbral del templo del carnero, dejando a Saga subir hacia el suyo. Minos fue a ducharse para desembarazarse de la sal del mar, mientras Mu se teletransportó un momentito a Rodorio para comprar en un pequeño pero famoso restaurante del pueblo dos botellas de vino para Aldebarán. *** Saga volvió a su templo, agotado por su día, pero feliz. La introspección e intensa concentración que había necesitado lo habían agotado, tanto nerviosa como físicamente, sin embargo, era verdaderamente feliz. Tanto que revivió en cámara rápida todo su día, con el corazón ligero y cantando. Mu había sondeado su mente y su memoria, pero Mu también había respetado su intimidad, limitándose sólo a los recuerdos útiles para sus investigaciones en curso. Y Mu lo había tocado con su suave cosmo-energía envolvente y tranquilizadora. Y Mu lo había llevado con su poderosa y reconfortante aura cuando se había sentido desfallecer bajo el esfuerzo. Y sobre todo, Mu había mostrado mucho interés en trabajar con él. Y Mu había comido con él. Y Mu había sido emocionado por el té de mantequilla salada. Y a Mu le había gustado discutir con él. En resumen, Mu había apreciado su compañía tal como Kanon se lo había dicho. Olvidando completamente al grifo y hasta el contenido de sus trabajos y su propia experiencia en Egipto, fue a ducharse, con el corazón cantando de emoción, no pudiendo dejar de ver bailar ante él unos grandes ojos de color malva que lo observaban con suavidad e interés, mientras el chorro de agua tibia caía en cascada sobre sus hombros y fluía suavemente a lo largo de sus pectorales y sus abdominales, acariciándolos suavemente, casi recordándole la dulce sensación del aura del carnero alrededor de él y de su psiquismo sereno y apaciguador al rozar delicadamente su mente. Se dejó mecer por la exquisita sensación, cerrando los ojos, recordándose con ternura la infinita delicadeza con la cual Mu había entrado en su mente y lo había guiado pacientemente, calentándolo con su suave cosmo-energía poderosa y tranquilizadora, ayudándolo y sosteniéndolo firme y tiernamente a la vez en el esfuerzo, sus manos tan cerca de su rostro que encuadraban y que por un momento habían rozado su piel de su tacto tan suave… Permaneció un largo momento bajo el chorro de agua para relajarse, mientras veía de nuevo una hermosa mirada malva centellear en el curso de una conversación, abriéndose de sorpresa ante una interrogación, intensificándose o llenándose de inquietud para él o encendiéndose de alegría y emoción ante un té de mantequilla salada. Ese té, lo había pedido prestado a Shion la misma mañana al salir de su entrevista con él. Sólo era una pequeña atención que había sorprendido al mismo gran Sacerdote, y al parecer, había emocionado mucho al joven y tierno carnero. Por fin, salió del cuarto de baño con una sonrisa feliz grabada en su rostro, relajado y de mejor humor que nunca cruzó el salón. Poco después, percibió un ruido furtivo procedente de la cocina y creyó que era su hermano que ya había vuelto y estaba preparando la comida. Sonrió tiernamente y se dirigió hacia la cocina, guasón y listo para embromar amablemente a su gemelo, pero para su gran sorpresa, no había nadie. Un ruido de papel se hizo oír desde la ventana entreabierta y un sobre penetró en la cocina, revoloteando, llevado por el cálido viento y flotando ligeramente antes de plantearse final y suavemente sobre la mesa en medio del cuarto. Sorprendido, Saga se precipitó hacia la ventana que abrió de par en par, mirando en todas las direcciones, pero no vio a nadie en los alrededores. Sólo se ofrecían a su vista el paisaje desértico, seco y rocoso frente a él y el imponente templo del toro hacia abajo, en el agobiante calor que subía del pedregoso suelo. Extendió prontamente su cosmos en busca de toda persona alrededor pero no percibió más presencia humana. Un ligero ruido de alas por encima de él le hizo levantar los ojos, sólo para ver un mero cuervo que se alejaba a aletazos, volando torpe y poco majestuosamente, como si su silueta característica y fortachona se abriera penosamente paso en el aire. Perplejo, Saga volteó y observó el sobre que se hallaba sobre la mesa. Lo giró y abrió los ojos como plata por la sorpresa al constatar que llevaba su nombre, dispuesto en él con elegante escritura manuscrita. Intrigado, Saga abrió la misiva y quedó estupefacto al descubrir su contenido : " Si quieres acabar lo que empezamos ayer, propongo que nos encontramos esta noche a la 1 detrás del pueblo... El que pierde deja al otro tranquilo para lo que sabes. Minos " ¿ Qué ? ¿ El estúpido grifo le daba una cita para un duelo ? Por un momento, creyó alucinar pues ¿ Acaso no había tenido bastante el día anterior ? ¿ Pensaba ser bastante poderoso para ya estar totalmente recuperado de sus heridas y ser capaz de medirse a él de nuevo? Qué pequeño pretencioso... Pero después de todo, bien le apetecía a Saga ajustarle la cuenta a ese presuntuoso y orgulloso Juez. Además, si eso podía poner fin a las estúpidas tentativas del grifo de seducir al carnero, no iba a privarse de eso. Sí, iban a ajustar cuentas, de hombre a hombre... Aunque fuera necesario mandarlo a una u otra dimensión, de la que sólo volvería después de haberlo suplicado : de rodillas... *** Minos y Mu llegaron a casa de Aldebarán con las dos botellas de vino, y tuvieron la sorpresa de descubrir un caluroso ambiente tamizado al entrar en la parte principal del segundo templo, donde la mesa como un trono dominaba la sala, cerca de la chimenea bajo la luz de dos hileras de velas colocadas en ambos lados de la mesa sobre candelabros. Un mantel muy bonito de motivos floridos estilizados, sobrios pero elegantes, en tonos lila y verdes pasteles de lo más armonioso decoraba hermosamente la mesa. Combinadas servilletas artísticamente dobladas en forma de lirio estaban dispuestas en las copas, al lado de una doble hilera de platos de elegante diseño, y de cubiertos de plata, y a la vez cada extremidad de la mesa se adornaba con plantas decorativas de colores tornasolados bajo la bailante luz de las velas. Todo eso estaba coronado por colgaduras de cálidos colores artísticamente enrolladas alrededor de las columnatas y anudadas con cintas por encima de la mesa. El toro había estrenado la gran vajilla, poniendo los pequeños platos en los grandes platos y había colocado las velas que iluminaban agradablemente la mesa, emitiendo una luz suave y ondeante adornada con un ligero y sutil perfume a la vez floreal y condimentado, que embalsamaba todo el cuarto de manera muy agradable. El brasileño apareció en mandil en el marco de la puerta de la cocina y los acogió con su sencillez usual, invitándolos a sentarse sobre el sofá y agradeciéndolos por el vino que puso inmediatamente en el frigorífico. Tenía un gran gusto por la buena cocina y bajo sus apariencias de coloso brutal, era un gran cocinero, loco por los platos condimentados y coloreados de la cocina sudamericana que le gustaba enriquecer con novedades de su propia cosecha, en fin, un adepto incondicional de la cocina fusión, la cual tenía mucho gusto en compartir con sus compañeros de armas. Así, estaba dando el último toque al postre, un suculento pastel de zanahorias cubierto con chocolate, sembrado de jenjibre rallado y decorado con finas rebanadas de naranja confitada, mientras sobre la cocina de gas se elaboraba cuidadosamente, en un suave murmullo, una deliciosa farola, el plato de acompañamiento tradicional de Brasil, que había hecho a base de sémola de mandioca frita en mantequilla, a la que había añadido maíz, beicon, cebolletas y perejil picado, cilantro y albahaca. Todo eso era para acompañar un copioso churrasco de buey, piezas de carne de cerdo y pedazos de pollos marinados en miel y vinagre de Jerez, que iba a hacer asar en brochetas a la barbacoa sobre el borde de la ventana de la cocina, a fin de no indisponer aún más al infeliz grifo ya fuertemente incomodado por el calor del ambiente. Qué lástima, bien hubiera encendido un fuego de chimenea para añadir al romántico ambiente que había decidido crear para sus dos huéspedes, y que hubiera servido para asar la carne en el mismo fuego. Pero por otra parte, eso le daba un pretexto perfecto para eclipsarse y dejar así a solas a los dos futuros tortolitos bajo la luz de las velas, mientras él cocinaba los pinchos en el cuarto cercano. Bajó el fuego de una segunda cacerola que ya destilaba sutiles aromas condimentados. Estaba la pequeña salsa picante que había preparado para aliñar la carne, rehogando las cebollitas, chalotas y tomates, rociadas con vino blanco y sutilmente condimentadas con pequeños pimentones picantes. No demasiado, a pesar de todo, a fin de no transformar al grifo en dragón. Mu ya estaba un poco acostumbrado a eso, pero no sabía cómo el noruego iba a reaccionar, y sin duda alguna, él no tenía en cualquier caso necesidad de estimulante para el final de la tarde… En aperitivo, les propuso un cóctel típico de su país, una caïpirinha bien fresca a base de cachaça, el alcohol de caña de azucar de su Brasil natal, y limón verde, que bebieron al picar tapas que salían del horno, aún crujientes y ligeramente aromatizadas con citronela, curcuma o jenjibre (lo confeso, me gusta cocinar !) Verdaderamente impresionado, Minos felicitó al toro para sus talentos culinarios y le agradeció por la molestia que se había tomado para recibirlos. Discutieron tranquilamente mientras degustaron su bebida, confortablemente instalados en los sofás de ángulo derecho, y Mu y Minos pudieron informar a Aldebarán, antes de la presentación oficial, de los últimos resultados de sus investigaciones. Luego, el dueño del templo les propuso sentarse a la mesa, sirviéndoles un guarana del más refrescante para esperar, mientras él asaba la carne en la cocina. Mû le propuso su ayuda para atender la cocción y dar la vuelta a las brochetas pero Aldebarán se rehusó firmemente, alegando que eran sus huéspedes y les ordenó permanecer tranquilamente sentados en la mesa del salón, lo que no fue para desagradar al grifo, tanto más cuanto que, por prescripciones del toro, él y Mu estaban frente a frente y así, él tenía todo el tiempo de contemplar y coquetear con su compañero de mesa. A falta de ser aún su compañero. Lo que no tardaría más. En efecto, el ambiente tamizado cuidadosamente puesto en escena por Aldebarán creaba indiscutiblemente una atmósfera romántica propicia a las miradas intensas y seductoras, de la cual bien pensaba sacar partido. El resplandor anaranjado de las velas bañaba sus rostros de una suave luz cálida y aterciopelada que les confería una aura particular al iluminar sólo una parte de sus caras opalinas de perfecto óvalo, sumergiendo en una bailante y misteriosa sombra sus finos rasgos revelados por la luz temblante de las velas, y destacando el resplandor de sus pupilas que brillaban tales como dos gemas en la noche, resplandecientes y brillantes, destacadas por las sombras de sus largas pestañas negras, todo eso más el hecho de que se encontraban a solas añadía innegablemente romanticismo a la intimidad del momento. Minos hundió su mirada avellana en las dos profundas amatistas que le hacían frente y tornasolaban con mil reflejos cambiantes bajo la luz bailante de las velas, centelleando como ópalos bajo el sol, aumentando así el aura etérea que emanaba de ellas. Notó por primera vez que esos grandes ojos de color malva ocultaban una multitud de matices de violeta, del más profundo al más claro, haciéndolas verdaderamente parecer como dos gemas venidas de otro mundo, perfectamente engastadas en su estuche de pestañas negras delicadamente rizadas que aumentaban su resplandor. Es que esos grandes ojos en forma de almendra de curvas tan perfectas y de mirada magnética tanto como enigmática lo hipnotizaban. Él nunca había visto más hermosos ojos en toda su vida. Aiacos también tenía espléndidos ojos, de un violeta oscuro y profundo espléndidamente combinados a los violáceos reflejos de su oscura cabellera de ébano, pero los de Mu se asemejaban verdaderamente al infinito espacio lleno de estrellas y de galaxias, y lucían literalmente como supernovas bajo la suave luz anaranjada de las velas. ¿Cómo no perderse en esos suntuosos orbes de color malva de resplandor estelar tan luminoso, de impasible e indescifrable mirada, de suavidad indescriptible y al mismo tiempo tan intensa y penetrante a la vez ? Un cóctel explosivo dónde la luz de las estrellas bailaba en esa mirada profunda, enigmática y sabia. Mu le devolvió su mirada intensa, y pareció un poco molesto al principio al encontrarse a solas con el grifo en esa atmósfera por lo menos íntima y romántica, así que entabló rápidamente conversación, preguntando al grifo si le gustaba la comida condimentada. Éste le respondió que ya había probado unos platos asiáticos picantes pero no conocía en absoluto los pimientos de América del Sur, cuya temible reputación era famosa. Mu sonrió y lo tranquilizó: Aldebarán tenía la mano ligera en cuanto a eso, para no transformar a sus huéspedes en dragón o en improvisados tragafuegos. Mu preguntó a Minos si los espectros eran de origen tan variado como los caballeros de Atenea, que venían de los cuatro rincones del planeta, y la conversación se entabló entonces sobre los distintos países que representaban los guerreros de los Infiernos y de la diversidad de cocinas en que resultaba eso, bromeando sobre la cohabitación a veces difícil de todas esas especialidades culinarias en el' recinto del Santuario subterráneo. Minos explicó que tenían varios cocineros a su disposición que servían sus comidas en un gran refectorio, donde los olores de los distintos platos se mezclaban alegremente, ya que cada uno podía pedir lo que deseaba comer, generalmente la semana anterior para permitir el abastecimiento racional de las cocinas, ya que no se administran las comidas de 108 personas día a día. Pero los cocineros debían hacer malabarismos no sólo con los gustos de los unos y de los otros, sino también con sus costumbres, algunos comiendo muy poco al salir de la cama, mientras otros al contrario estaban acostumbrados a tomar una verdadera comida tan pronto como se levantaban pero almorzaban poco al mediodía en contraparte y pronto por la tarde, mientras otros reclamaban una copiosa comida al mediodía y para la cena. Sin hablar de las diferencias de talla que causaban una gran disparidad de los apetitos, que venían añadirse a la diversidad y a la multiplicidad de los platos que debían preparar. La mañana era el momento más cómico ya que unos se sentían francamente indispuestos por los olores de salchichas o setas fritas que otros devoraban con buen apetito, o algunos se disgustaban por ver a sus colegas comer cosas saladas que ellos preferían azucaradas en el desayuno y recíprocamente. Al mediodía, se burlaban amablemente de sus colegas de los países del este de Europa que comían sopas hasta de postre o algunos de sus colegas que eran vegetarianos. En resumen, la hora de comer, que era un momento privilegiado de convivencia era muy animado. En cuanto a los Jueces, tenían el privilegio de hacerse servir su comida en sus apartamentos privados, pero preferían la mayor parte del tiempo almorzar y desayunar con sus hombres, reservando la cena para disfrutar en la intimidad de sus cuartos, siendo esta a solas, con otro colega o en un pequeño comité entre amigos, según su humor. Mu escuchaba al grifo sonriendo y riéndose a carcajadas al oírlo evocar las numerosas anécdotas que tal diversidad y promiscuidad generaba inevitablemente, y por su parte Minos era muy feliz de cautivar al carnero y oír su pequeña risa cristalina que tanto le gustaba, orgulloso de ser su inspirador, lo cual lo animó aún más a hablar de su vida diaria en el mundo subterráneo. Al mismo tiempo, ambos necesitaban un poco de descanso después de su extenuante día de trabajo que había requerido una intensa concentración : constante y continua, por ello apreciaban poder conversar así de relajados y liberados de las coacciones materiales cotidianas, como si se encontraran en un restaurante discutiendo libremente y en toda confianza, lejos de sus preocupaciones, lejos de sus obligaciones, con total simplicidad y olvidando por un momento sus papeles de caballero o de Juez para ser simples seres humanos. Desde la cocina, Aldebarán seguía su pequeña conversación con una gran sonrisa, feliz de oírlos bromear y reírse como viejos amigos. Esos dos parecían relajarse y entenderse muy bien, eso era un buen principio… Luego trajo un primer plato de brochetas asadas en su punto que desprendían un delicioso olor de lo más apetitoso y que fueron acogidas por entusiastas exclamaciones. Volvió rápidamente con la farofa, que acompañó maravillosamente la mullida carne asada a pedir a boca en el exterior, mientras la pequeña salsa picante aumentaba sutilmente sus sabores. Minos se sirvió prudentemente de dicha salsa, Aiacos lo había iniciado en comer platos picantes pero el pimiento de Asia no tenía nada que ver con el de América del Súr, por lo que prefirió desconfiarse. Explicó que ya había tenido una experiencia infeliz con el wasabi, la pequeña mostaza verde del país del sol naciente, totalmente inofensiva en apariencia pero que lo había transformado en un tragafuego por haber subestimado su poder gustativo. También casi se había encendido por autocombustión al comer un curry indio muy picante y había literalmente vaciado el plato de coco rallado que a disposición de toda la mesa se encontraba para apacigüar el fuego que se había apoderado de su boca casi instantáneamente. Mu y Aldebarán observaron su reacción después de que hubo tragado una primera bocanada, ligeramente impacientes, pero el grifo les sonrió y declaró que la salsa era absolutamente deliciosa y combinaba a la perfección con la carne, que estaba asada en su punto. Hasta preguntó la receta al toro para darla a los cocineros de los Infiernos y declaró que le haría saber a Aldebarán si la lograban tan bien como él. La tarde continuó de lo más agradable, bromearon alegremente entre las idas y vueltas del toro durante toda la cena y a la vez disfrutaron de la comida y discutieron largamente de todo. Minos mostró las primeras señales de fatiga alrededor de las once y treinta, indicando que ya era hora de ir a dormir. Mu quiso ayudar a Aldebarán a hacer la vajilla pero el toro se rehusó y les ordenó regresar al primer templo. Habían tenido un largo y agotador día y debían descansar, mientras que él tenía todo el tiempo. Sin embargo, Mu y Minos lo ayudaron a quitar la mesa y le agradecieron calurosamente por toda la molestia que se habia tomado para permitirles pasar una tarde tan agradable. Tras felicitarlo otra vez por sus talentos culinarios, ambos descendieron las escaleras llevándolos a la casa del carnero. *** Por su parte, Saga esperaba pacientemente la hora de la cita en su templo. Él no tenía ganas de cruzar la casa del toro mientras este último pasaba la tarde con sus huéspedes, tarde que iba seguramente a prolongarse, y es por ello que prefirió por una vez no ir a pasear por las playas como había tomado la costumbre de hacerlo todas las noches. Estaba solo en su templo, dado que Kanon había ido a jugar póquer en la casa de capricornio, esta vez Saga no le había hablado de su'' cita'' con el grifo, sólo le había dicho que había pasado un excelente día junto al carnero y al noruego, al que había impedido ligar con el joven Lemuriano, y que este había acabado con una pequeña conversación muy agradable con el carnero en la playa mientras el Juez reeducaba sus músculos y sus huesos al darse un chapuzón solo en el agua, noticia que había hecho reír a su hermano a carcajadas. Se instaló en su habitación y tomó el libro que Mu le había prestado la noche anterior para leerlo confortablemente sentado sobre su cama. Se emocionó repentinamente al darse cuenta de que tenía entre sus manos un libro que los largos y finos dedos del carnero habían tocado, y tuvo la impresión de sentirlos cada vez que cambiaba de página, las cuales rozaba sistemáticamente, acariciándola más que tocándola para finalmente dejarla reposar sobre el delicado papel. Las huellas de los dedos del carnero parecían estar grabadas en las finas hojas e impregnarla de su suavidad, como portadoras de los ligeros y aéreos rastros de su poderoso cosmos, de su aura tan característica, serena y apaciguadora, así, mientras intentaba concentrarse en lo que leía sus pensamientos derivaron invariablemente y a su pesar hacia grandes ojos en forma de almendra que lo observaban con suavidad y solicitud, y, le pareció, con interés. Una mirada malva franca y límpida que lo había observado con aprecio mientras discutían. Una mirada violeta que lo había mirado fija, atentamente y con curiosidad mientras le narraba sus experiencias en el extranjero. Una mirada pura llena de estrellas, luminosas y profundas como el espacio infinito que había hundido en él con admiración y consideración. Una mirada amatista llena de bondad y benevolencia, cargada de preocupación y atención hacia él que le había sonreído. Supo que no lograría concentrarse en su libro y decidió tirarse y dejar su mente andar a la deriva, cerrando los ojos y cruzando los brazos detrás de su cabeza, reviviendo esos momentos fugaces pero intensos compartidos con su joven colega. Él nunca se había sentido tan bien, después de todo. ¿ De qué le servía luchar y forzarse a concentrarse cuándo otra cosa ocupaba su mente, llenando su corazón de alegría y haciéndole ver estrellas ? Tenía la sensación de estar en el paraíso y de volar sobre una nube, mirando sin cesar esta hermosa mirada estrellada de color malva y sonriente dirigida hacia él con aprecio y atención. Sí, Kanon tenía razón. Mû era de verdad abierto de ideas y al parecer, había ampliamente apreciado su compañía. Sintió repentinamente todo el cansancio acumulado durante el día apoderarse de él y decidió dejarse llevar por el sueño. Tenía mucho tiempo, más de tres horas antes la cita, y eso sólo podía resultarle beneficioso. Llegaría más fresco que si se forzaba a quedar despierto y además, había debido realizar un esfuerzo de concentración y de introspección considerable a lo largo del día más allá del apoyo del tierno carnero. Ajustó su despertador en su mesita de noche y apagó la luz, tirándose sobre la espalda, fijando el techo donde las sombras creadas por la tenue luz de la luna que se colaba por la parte alta de la ventana dibujaban arabescos ondeantes, y se durmió pronto con una sonrisa sobre los labios y estrellas bailando detrás de sus párpados. *** Llegó un poco antes de la hora al lugar de la cita. El sitio estaba desierto, todo era tranquilo y sólo el rumor del viento en los follajes lograba romper el silencio ambiente. La noche era sombría, espesas nubes oscurecían el cielo ordinariamente estrellado y un pequeño viento fresco disminuía la atmósfera habitualmente pesada, debido al calor agobiante acumulado durante todo el día. Había cruzado los templos del toro y del carnero sin dificultad, sin molestar a sus ocupantes y sin encontrar a nadie. Sólo el silencio resonaba a lo largo de las grandes escaleras de piedra y en los anchos pasillos que había atravesado, acompañado de un pequeño viento benéfico que refrescaba agradablemente la noche. Había oído a su hermano regresar después de medianoche y había pacientemente esperado que Kanon se durmiera para salir de su habitación sin hacer ruido, disminuyendo su cosmos para no despertar ni alertar a alguien, y luego, finalmente, había salido de su templo. Al franquear el umbral del primer templo, se preguntó si el grifo aún estaba presente o si ya lo estaba esperando en el lugar que había fijado para el duelo. Prefirió no extender su cosmos para saber a que atenerse, lo sabría tarde o temprano y sobre todo no quería despertar ni alertar al carnero, Mu no debía saber nada sobre lo que se estaba tramando. Era un asunto entre él y Minos, aunque, en el fondo, lo que estaba en juego era el joven lemuriano. Se preguntó por otra parte cómo el grifo contaba con engañar la vigilancia de Mu para ir al pueblo a tal hora tardía de la noche, sabiendo que éste debía acompañarlo a todas partes donde fuera. No se imaginaba muy creíble decir que tenía una cita con él para dar un pequeño paseo de placer, sobre todo después de lo que había pasado entre ambos. Lo que significaba que el grifo debía dejar plantado al carnero y escaparse a hurtadillas del carnero. Muy bien. Así, Mu probablemente se daría cuenta de que se había ido sin su autorización, lo que desmoronaría indudablemente su capital confianza frente al joven lemuriano. Saga siempre lo había dicho, nunca se debía confiar en un espectro... Cualquiera que fuera el resultado del combate, del cual él no dudaba, el gemelo se dio finalmente cuenta de que Minos saldría perdiendo en todos los casos, porque Mu se enteraría de su ausencia, de una u otra manera, o si fuera necesario él mismo se las arreglaría para dárselo a conocer bajo un pretexto cualquiera. El carnero desconfiaría del Juez después de eso y Saga confiaba en los poderes psíquicos del joven lemuriano para sondear al grifo y desnudarlo. Bueno, desde un punto de vista psicológico, claro. Habitualmente, Mu nunca leía en la mente de la gente, por respeto y cortesía, solo se limitaba a sondear a los desconocidos para asegurarse de sus buenas intenciones hacia la diosa, como buen defensor dedicado a su diosa y tal como sus compañeros, pero si debía sondear a alguien para conocer el fondo de su pensamiento y descubrir su verdadera personalidad, nadie podía resistirle, era el especialista, mucho más que Shaka, quién estaba demasiado ocupado de todas formas en discutir en directo con Buda, al punto de olvidar la realidad terrenal y ser incapaz de divisar la realidad que lo rodeaba. Claramente, Mu era más lúcido e intuitivo que el Virgo quién, al contrario del carnero, no había visto sus lágrimas de sangre cuando él y sus compañeros de desgracias habían regresado como renegados. Sin hablar de esos trece años de impostura durante las que el joven hindú le había prestado su apoyo con los ojos cerrados, en el sentido tanto literal como figurado, sin nunca sospechar nada. Sí, finalmente, el grifo había tenido una excelente idea y esa noche se anunciaba mucho mejor que lo esperaba... Un ligero murmullo en los follajes detrás de él lo hizo voltear. *** Gracias por leer, espero que les haya gustado. :) Pero qué va a pasar ?! ;DDD Lo sabrán próximamente en el capítulo siguiente : "Desaparición" ! ;DDD
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