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JAQUE MATE by Ariesnomu / Mu Saga 4 ever (primavera 2008)
– Bueno... ¿ Te apetece ?
– ¿ Dijiste un ''strip ajedrez'' ?
Mi bello carnero me mira con sus grandes ojos malvas interrogantes, un poco perplejo.
– Sí, como un strip poker, pero aplicado al ajedrez...Cada vez que se pierde una pieza del juego, se debe quitar una pieza de ropa, preferiblemente elegida por el adversario...
Hace una semana que nos hemos declarado nuestros sentimientos, y como es la primavera, quiero celebrarlo de una manera especial, aprovechando que Kiki estará en Japon por una semana más, disfrutaremos las noches solos los dos, ya que claramente, cuando él regrese, ya no dispondremos del templo para hacer cosas a cualquier hora del día o de la noche, y aseguramente no en el salón. Quizás en la cocina o en el baño, gracias a las barreras mentales o de cristal de mi bello Atlante, pero en el sofa del salón, no...
Mu me sonríe con aire divertido.
– Saga... ¿ Pero qué estás inventando ? – me dice – Ya sabes que no necesitas eso para desvestirme...
– No, pero eso es para cambiar... Además, todavía no hemos jugado ajedrez juntos y hace tiempo que te veo jugar con Aldebarán y Shaka... Además, la partida será aún más interesante y entretenida así...
– Quieres decir que eso es para distraer a tu adversario ? Porque, en origen, eso es un juego que necesita concentración y estrategia...
– Se puede ver así también...
Emite una carcajada tan cristalina como melodiosa y como siempre, me quedo embelesado por la musicalidad y el timbre de su risa clara.
Entonces, concuerda alegremente con una traviesa mirada y hace aparecer por telekinesis la hermosa caja de madera pintada conteniendo el tablero y las piezas cuidadosamente ordenadas.
Coloca el tablero sobre la pequeña mesa del salón y empieza a disponer todas las piezas mientras acerco las sillas.
Le contemplo mientras está inclinado sobre la mesa, acabando de colocar los últimos peones en sus respectivas casillas con sus elegantes y ágiles gestos típicos, ofreciendo la vertiginosa curvatura de su espalda a mi ávida mirada, a través del largo velo malva de sus cabellos lisos y sedosos.
Cuando termina con su tarea, se vuelve hacia mí, sonriente e invitándome a sentarme.
Feliz como un niño seguro de ganar a su juego preferido, me acomodo frente a él, salivando de antemano con la idea de desvestir a mi bello carnero tan bueno, calculando ya la languidez con la que planeo despojarle de su ropa lemuriana, hecha de pliegues tan elegantes como complejos que siempre me dejan aturdido cada vez que me afano en desenlazarlos uno tras uno sin prisas, pero esa vez espero que él sea el a quien le den vértigo las esmeradas atenciones de mis solícitas manos.
Porque de todos los juegos de estrategia, el ajedrez es mi especialidad, y tengo la firme intención de ser el que va a desvestir despiadadamente a su compañero.
Estoy bastante más confiado que en nuestra primera vez, me otorgo automáticamente a mí mismo con un aire inocente el privilegio de empezar con las blancas, dándome así un turno adelantado, que cuento con aprovechar sin esperar.
Mi bello y tierno carnero me concede de muy buena gana que empiece yo con las piezas de marfil y debo luchar con mucha dificultad para contener mi pérfido y solapado júbilo.
Le observo mientras muevo mi primera pieza, la que prefiero cuando me tocan las blancas, siempre la misma, el peón del rey, avanzándolo dos casillas. Su rostro ya está concentrado y fija el tablero con sus grandes ojos de gato, con la pupila dilatada, sus manos tranquilamente cruzadas bajo su barbilla, pensativo y atento. No le toma mucho tiempo antes de reaccionar, y en respuesta, adelanta el peón de su rey de ébano.
Libero a mi alfil y lo coloco indolentemente en medio del tablero, sobre la misma línea que mi peón, como si nada y sin embargo preparando el terreno al mate del pastor.
Levanta una mirada burlona y divertida hacia mí, como si le tomara por un novicio bastante ingenuo para dejarse sorprender por esa táctica que aun los principiantes conocen. Me sonrojaría por haber subestimado a mi bello carnero si no estuviese tan obsesionado por mi pérfida estrategia urdida para desnudarle, el objetivo siendo, más que ganar en el tablero, ser primero en capturar una pieza del contrario sin dejarle la oportunidad de replicar, a fin de desvestirle con toda impunidad.
Entonces, él saca su caballo, el del lado de su rey con un gesto ágil y lo coloca sobre la diagonal de su dama de ébano, parando así el golpe que intentaba dar con mi dama de marfil y al mismo tiempo, amenaza mi peón. Frunzo el ceño, no esperaba esa respuesta, aunque sea muy clásica. ¡ Yo soy el quien tiene las blancas y él es el quien ataca !
Cierto que estando obsesionado, no por ganar en el tablero sino por capturar piezas para ser el primero en desnudarle, me olvido de las elementales arreglas del juego, mientras él sigue jugando verdaderamente, protegiendo sus piezas y atacando al mismo tiempo.
Sigue observando el tablero con aire juicioso y concentrado. Le contemplo, su hermoso rostro de belleza límpida y etérea está tan quieto, como de costumbre, sus rasgos están relajados y más serenos que nunca, una media sonrisa apenas esbozada flotando enigmáticamente sobre sus labios.
Adelanto el caballo de mi dama para proteger ese peón mío en el centro. Replica inmediatamente adelantando su alfil, limpiando terreno para realizar el enroque en el próximo turno y poner así a su rey en seguridad, bajo la protección de su torre antes de que yo pueda atacarle.
Es mi turno de amenazar su peón para ocupar el puesto central y preparar al mismo tiempo el enroque de my rey, entonces saco el caballo del rey.
Realiza el enroque y le imito inmediatamente después, entonces ambos reyes se encuentran a salvo, cada uno bien protegido por su valiente torre, y ahora tengo que planear una nueva estrategia para asediarle, pero por el momento, a él le toca jugar.
Reflexiona un breve momento y pronto adelanta su caballo negro para proteger su peón central de mi noble équido.
La partida se presenta difícil y larga, ya hemos jugado varios turnos y ninguno de nosotros ha abandonado una pieza al adversario, ni él ni yo estamos inclinados a ceder. ¿ Quizás sea tiempo de proponer un intercambio de piezas y accessoriamente, de vestidos, lo más importante ?
Pero mi orgullo de macho me recuerda que yo quisiera ser el primero en desvestir a mi hermosa pareja. Tengo que incitarle a cometer un error para reducirle a proponer un intercambio de piezas, en lugar de hacerlo yo mismo.
Mientras reflexiono sobre la pieza de tela que tengo intención de quitarle, decido desarrollar el juego cerrado y muevo el peón de la reina una casilla. Así, abro el camino al alfil de la reina al mismo tiempo que protejo mi peón central, liberando así mi caballo de dama hasta ahora encargado con la protección de éste. Además, eso me permitirá después colocar mi caballo de rey en seguridad allá en esa casilla estratégica, para capturar ese peón suyo puesto delante su torre, cerca de su rey, y al mismo tiempo, amenazar su dama de ébano, y quizás, capturarla también... Como a su dueño...
Celebro de antemano. Así pues, después la próxima jugada, seré el primero en capturar una pieza y entonces tendré el honor de quitarle un trozo de ropa a mi hermosa pareja. Le dirijo una mirada pérfida cargada de promesas y me responde con una sonrisa amable y una mirada inocente. Demasiada inocente.
Mueve su caballo negro con indiferencia y bajo mi atónita mirada, lo planta en lugar del peón que estaba bien sentado delante mi torre, cerca de mi rey. Luego, coloca mi peón en la orilla del tablero y alza la cabeza para dirigirme una de esas angélicas miradas suyas de las que tiene el secreto.
Aun desconcertado por la audacia de su movimiento, frunzo el ceño. ¡ Por Atenea ! Acaba de adelantarme en todos los sentidos, capturando una pieza mía primero y realizando precisa y simétricamente el ataque que le reservaba ! Su caballo está protegido por su alfil negro y amenaza a mi inmaculada dama, su alfil permanece al acecho sobre la diagonal de su caballo, listo para dar el jaque a mi rey en cuanto haya movido éste.
¿ Cómo es posible que no le haya visto venir ? ¿ Cómo he podido dejarme sorprender así, yo, el sútil estratega, manipulador patente, el maestro de las ilusiones, agitador y gran instigador ante Zeus ?
¡ Acaba de superarme cuando se supone que tengo un turno de ventaja sobre el !
Pero no tengo el tiempo de profundizar mis reflexiones, su voz dulce y melodiosa me saca de mis pensamientos.
– ¿ Creo que tengo que quitarte una pieza de ropa, verdad ? – me pregunta inocentemente, como si fuera sorprendido por su buena fortuna y que dudara de la recompensa a la que le daba derecho.
– Si, eso es – le contesto, hablando entre dientes, pero después de todo, no puede ser tan desagradable para mí, o no ? Salvo que hubiera preferido ser yo el que hubiera desvestido a mi bello Atlante, esperando hacerle sonrojarse para desestabilizarle mejor y así seguir capturando sus piezas y tanta tela hasta desnudarle por completo.
Ya lo veía casi desnudo, confundido y excitado al mismo tiempo, delante de mí que quedaba todo vestido, imponiéndole como penitencia que él me quitara mi ropa en el sofa como lo había hecho la última vez, cuando le había provocado, y soñador, me acordaba cómo mi hermoso carnero se había sensualmente prestado al juego con una lascivia insospechada. Aunque finalmente me había superado en ese juego, ya que él me había literalmente vuelto loco de deseo después de haberme ''psicoquineseado'' para inmovilizarme, y yo contaba con reiterar esa muy placentera y excitante experiencia.
Sin embargo, no tengo el tiempo de prolongar ese recuerdo lleno de delicias, pues una dulce sensación de cálidez envuelve mi antebrazo derecho y me vuelve agradablemente a la realidad del presente.
Entonces, siento las cintas que lo rodean deshacerse progresivamente, antes de desenrollarse y erguirse delante de mí como una naja y después enroscarse en el aire en complejos y elegantes arabescos ante mi atónita mirada, mientras una caricia suave y cálida viene rozarme lascivamente, como si fueran las yemas de los dedos, por toda la superficie de mi antebrazo por donde las vendas fueron quitadas, erizando mi piel en deliciosos escalofrios de los más electrizantes.
Hubiera debido figurármelo, a mi bello carnero le gusta utilizar sus poderes de telekinesis para desvestirme y bien sabe cuánto me gusta sentir su dulce cosmoenergía acariciarme cada vez que se desembaraza de mi ropa. Aunque ahora estoy acostumbrado a eso, siempre es un placer a la vez renovado y mezclado con excitación que me dejo llevar por esos exquisitos estremecimientos.
Termina, dirigiéndome una mirada luciendo con suma travesura y una sonrisa de las más pícaras, antes de volver su atención hacia el tablero, como si nada.
Aun trémulo por las exquisitas sensaciones otorgadas por mi bello carnero, y aun sorprendido de haber sido engañado tan fácilmente, trato como puedo de analizar la situación. Sólo tengo dos soluciones : o capturar su caballo con mi torre y arriesgar de perderla en la próxima jugada ya que su alfil no dudara en tomarla después, o poner mi dama a salvo y diferir el intercambio de piezas cuando el momento me sea más favorable. No dudo y adelanto mi inmaculada reina de una casilla por el lado, amenazando su pérfido caballo.
Como lo había previsto, mi bello carnero mueve su caballo y me anuncia ''Jaque'' con indiferencia, mi noble rey siendo atacado por su alfil.
Decido atacar su alfil con el mío, interponiéndolo ente mi noble rey y el alfil negro, bajo la protección de mi dama de marfil.
Desgraciadamente, me doy cuenta en el último momento que esa casilla está atacada también por su vil caballo negro, que inmediatamente eyecta mi alfil, que se reune al instante a mi peón en el borde del tablero, y lo peor es que el pérfido caballo negro, aún más intrigante que yo mismo, amenaza directamente mi torre ahora.
Pero de nuevo, tampoco tengo el tiempo de reflexionar más, ya que en el momento siguiente, es una sandalia mía que se descalza suavemente, mientras un masaje lleno de cálidez mima la planta de mi pie de la más deliciosa manera posible, excitando todas las terminaciones nerviosas que la tapizan y mandando tantas ondas particularmente benéficas y de las más excitantes subir a lo largo de mi pierna entera hasta mi entrepierna... ! Por todos los dioses del Olimpo ! Mi bello Atlante es verdaderamente un experto en el arte de excitar la carne, y no sólo con sus manos y con su lengua ! Dios sabe cuánto el arco plantar es una zona asombrosamente erógena, mi bello Atlante que viene de un país del Oriente lo sabe pertinentemente, donde masajes del arco plantar se suelen hacer sobre las concubinas para prepararlas a sus noches con su Señor... Me abandono a pesar mío a las exquisitas sensaciones que ahora me recorren por todo mi cuerpo y no puedo impedir que me escape un suspiro de placer mientras me dejo llevar en mi silla.
Pero ese momento maravilloso acaba repentinamente y cuando lo observo con una mirada torva, me dirige una larga mirada cariñosa y malva que me hace estremecerme por más, pero vuleve nuevamente su atención hacia el tablero y es tan raro que trato de alinear dos pensamientos coordinados.
Tengo que salvar mi torre amenazada por el maléfico caballo negro, pero tengo pocas alternativas. No tengo ninguna posibilidad de escapatoria, ni de crear una diversión para retrasar el inevitable termino que tañe por la muerte de mi valiente torre de marfil.
A lo mejor, sólo puedo ganar tiempo, el tiempo de un turno, y en un último pronto de orgullo, decido adelantar mi inmaculada torre de una casilla, interponiéndola resueltamente delante mi noble rey. Si tiene que morir al combate, morirá heroicamente defendiendo a su rey.
Como lo preveía, el pérfido caballo negro se aparta, pero para mi sorpresa, sólo es para ponerse descuidadosamente detrás de mi noble caballo de marfil donde destrona al dulce peón que no pedía nada. No esperaba tal movimiento, otra pieza más que pierdo. Creía yo que el vil équido iba a perseguir mi noble torre de marfil con avidez, sin perdida de tiempo.
Ahora es cuando me doy repentinamente cuenta de la situación y abro desmesuradamente los ojos, súbitamente aturdido por ese movimiento tan anodino en apariencia, pero, que de hecho, amenaza con toda impunidad dos de mis piezas más importantes, nada menos que mi segunda torre de marfil y sobre todo mi noble dama, sin que yo pueda proteger a ambos al mismo tiempo, y si trato de salvar una, la otra será inexorablemente perdida, mientras mi primera torre de marfil sigue siendo amenazada por el diabólico alfil, que queda inamovible en su larga diagonal infernal.
Por Zeus ! Perdón, he blasfemado, pero cómo pude dejarme sorprender así otra vez ? No tengo opción ninguna, tengo que salvar a mi noble dama y abandonar mi torre de marfil al vil équido salido de las tinieblas.
Pero antes, tendré que abandonar nuevamente otra pieza de mi ropa y no tengo que esperar mucho tiempo para saber cuál es la que va a desaparecer.
Mientras me fijo en mi bello carnero que me mira con una expresión muy divertida, siento los lazos de mi túnica desanudarse lentamente, y pronto después, una cosmoenergía dulce y deliciosamente cálida envuelve mi torso entero, acariciándolo en abundancia con una muy placentera suavidad, aun mimando mis dos botones rosados con delicadas atenciones y estimulando exquisitamente mis abdominales con galvanizadoras cosquillas, mientras mi túnica desaparece como por arte de magia y tengo que reconocer que poco me importa si se encuentra ahora en otra dimensión o en el fondo del cocito, con tal que esas maravillosas sensaciones que me hacen flotar en una nube de voluptuosidad nunca se paren...
Pero cesan de nuevo con crueldad y cuando vuelvo a la realidad, mi bello Atlante está concentrado en el tablero. Considero la situación y constato con tanto espanto como embeleso que si mi dama o mi torre está perdida, el pérfido caballo negro lo está tanto como ellas inevitablemente al turno siguiente, como digna represalia por sus maléficas intrigas. Entonces, abandono mi torre de marfil y muevo mi inmaculada dama una casilla por la izquierda, fuera de cualquier peligro y lista para asestar la pena capital al vil équido negro, para vengar la desaparición de mi torre de marfil.
Como lo preveía, el siniestro caballo negro asalta mi valerosa torre como un salvaje, y ella se une sin esperar con el alfil y los dos peones anteriormente caídos en el campo del honor.
Apenas mi torre ha tocado la orilla del tablero que siento las vendas desanudarse de mi antebrazo izquierdo, que sufre las mismas delicias que su gemelo recibió tres jugadas antes. Realmente, perder en este juego resulta muyyyy agradable. Nunca hubiera imaginado que perder así en este juego, en el que me jacto de ser uno de los mejores estrategas, pudiera resultar tan delicioso, y casi tendría ganas de perder en cada turno, por los divinos castigos que me inflige mi bello carnero con tan atento esmero.
Sonrío a ese simple pensamiento, y sonrío doblemente ya que pronto es mi turno de capturarle una pieza, nada menos que su vil caballo de las tinieblas para vengar mi inmaculada torre caída tan pronto en el campo de honor, y al mismo tiempo, quitarle una pieza de ropa.
Salivo por anticipado al pensar a la que tengo intención de hacer caer con languidez, utilizando meramente la destreza de mis manos llenas de ardor.
Una vez que él ha terminado, miro a mi bello carnero directo a los ojos mientras tomo su caballo negro, que sustituo con mi noble reina con aire seguro y triunfante.
Él queda impasible con la mirada indescifrable, pero sin embargo, puedo percibir en el fondo de sus ojos malvas una chispa divertida con la idea que voy a quitarle una pieza de ropa y todavía no sabe cuál será.
Vamos dulcemente, me levanto con una calculada lentitud, me acerco a él muy despacio, tal y como un depredador. Él queda inmovil, esperando pacientemente la sentencia con estoicismo. Adelanto una mano amenazante hacia su entrepierna pero no se mueve ni se estremece.
Entonces, agarro el lazo del fino cinturón que ciñe su esbelta cintura, y tiro dulcemente de el para deshacer el simple nudo que lo mantiene y cual serpiente, pronto el cinturón desenrolla sus anillos que estrechan la cintura de mi carnero para transladarse hacia mi mano y enredarse alrededor de mis dedos.
Lo lanzo a lo lejos mientras sumo mis ojos en los suyos y ahora acerco mis dos manos hacia su tierno cuello para dejar correr mis dedos en el interior de su fino chal de lino, acariciando la piel dulce en el hueco del cuello y masajeando los rellenos hombros que siento debajo la tela de su túnica, bajo el fino chal. Aparto levemente éste del cuello y deshago lentamente los pliegues y dobleces alrededor de sus hombros y a lo largo de su torso, y luego, con un gesto pronto y ligero, le quito prestamente esa larga pieza de tela para desvelar su cuello de cisne y su túnica sin mangas que tan bien pone de relieve sus hermosos hombros y sus musculosos brazos que parecen como cincelados en un mármol rosado, y deja adivinar sus poderosos pectorales ocultos a la mirada de los otros sólo para mis ojos egoístas y posesivos.
Sin moverse, me dirige una miradita de soslayo malva acompañada por una leve sonrisa divertida y no puedo resistir a esa llamada a la lujuria, me inclino hacia él y atrapo sus labios en un largo beso ardiente y lánguido mientras lo estrecho con fuerza, y responde gustoso al beso y al abrazo con la misma intensidad. Pronto, nuestras lenguas se anudan y se desanudan con efervescencia en una danza tumultuosa, incansable y sin fin, mientras nuestros rostros giran por todos los lados, buscando el mejor ángulo para degustarse.
Pero, por más que seamos caballeros de oro aguerridos a las situaciones más extremas, en las circunstancias más dificiles y a pesar de todos los poderes que hemos adquirido después de tantos años de duro y largo entrenamiento y tantos sacrificios, sólo somos seres humanos con límites físicos y es con pesar que debemos separarnos, por pura necesidad de respirar.
Sin embargo, sólo es un aplazamiento, la mirada llena de promesas que intercambiamos al recobrar el aliento es sin equívoca, ardiente y lujuriosa. Pero mi bello Atlante me susurra en un tono lleno de malicia :
– ¿ Eso es una nueva regla ? ¿ El beso ?...
Es mi turno ser travieso y le respondo con una sonrisa llena de insinuaciones.
– Sólo si se utilizan las manos para desvestir a su adversario...
– Comprendo... – dice con una sonrisa enigmática y una mirada cargada de sensualidad.
¿ Qué me está preparando mi bello carnero ?
La partida se reanuda pronto, pero curiosamente, no captura mi primera torre de marfil y en lugar de tomarla, saca su dama de ébano que hasta ahora quedaba acantonada en sus aposentos.
Mmmmmmmmm, Mi bello carnero no quisó canjear mi torre por su alfil negro, ¿ es que teme flaquear bajo otro de mis besos o él está preparando algo ?
Llevo mi dama al centro de mi línea, y busco en vano una manera de desalojar a su alfil que clava mi torre frente a mi rey. Pero él esquiva todos mis intentos mientras desplaza sus piezas más importantes que hasta ahora habían quedado detrás, tranquilamente alineadas. Ahora, sus dos alfiles controlan totalmente las posiciones centrales en diagonal y su segundo caballo ha entrado en escena, el peligro se acerca irremediablemente a mis piezas y esa vez va a tocar a muerto a mi primera torre blanca, que sólo había disfrutado de un aplazamiento, el tiempo de ver, impotente, sus valerosos compañeros caer en el combate, y ni siquiera podré vengarla.
Esa vez, es mi otra sandalia que me es arrebatada, de nuevo con ese maravilloso masaje cálido en la planta de pie que sube deliciosamente hasta mi entrepierna, antes de electrizar mi cuerpo entero, y en la nebulosa de placer que me invade con sus delicias, me doy vagamente cuenta de que sólo me quedan mi pantalón y mi boxer.
Contra toda previsión, fueron capturados uno tras otro dos de mis peones, uno de mis alfiles y mi segunda torre y me fueron quitadas tantas piezas de ropa, todas prestamente arrebatadas por telekinesis y sustituidas sobre mi piel por las dulces caricias de esa cosmoenergía suave y tan cálida, que se revela verdaderamente experta en el arte de electrizar.
El turno de ventaja que tenía yo se ha convertido en un retraso de tres jugadas sin que tuviese el tiempo de comprenderlo, mi bello carnero me ha obligado a retroceder más de una vez y ni siquiera me ha consolado con unos ardientes besos, ya que mi travieso carnero a elegido hacerme esperar y utilizar su telekinesis para desnudarme en lugar de sus manos.
Y sin embargo, antes de quitarme mi sandalia después del último turno, me había obligado a jugar de nuevo, sospechándo al ver mi enorme error que lo había hecho a próposito, dejándome caer en una falsa trampa y acusándome, al ver mi falsamente inocente cara, de trampa lujuriosa.
No puedo negar que su manera de desvestirme es tan divinamente placentera y electrizante que no me puedo cansar de eso y reconozco que no he jugado muy correctamente últimamente, tan exaltado estaba yo por la fiebre otorgada por sus precedentes actos, que aún revivo en dulces pensamientos.
Pero por orgullo, trato de salvar lo que puedo y reunir lo que me queda de mis fuerzas en el tablero en un intento de defensa ofensiva.
Con el sofocante clima de Grecia, estoy ordinariamente poco vestido : una túnica, un pantalón, un boxer y eso es más que suficiente ! No es necesario poner más ropa aquí. Afortunadamente, mi bello carnero ha decidido jugar muy despacio y ha considerado las cintas de mis antebrazos y mis sandalias como partes de nuestra habitual ropa, aún me queda mi pantalón, o sino, ya hubiera perdido desde hace tiempo, pero eso, bien me abstuve de decirlo, por supuesto ! Pues no desespero de lograr capturar una pieza suya y al mismo tiempo birlarle otro trozito de tela que me oculta la más hermosa de todas las visiones.
Mientras estoy pensando en mi relativa buena o mala fortuna, realizo un movimiento que espero sea juicioso pero que se revela de los más arriesgados. He olvidado el pequeño detalle de su alfil al acecho al cabo de esa larga e infernal diagonal detrás de mi peón y al desplazar éste, acabo de dejar camino a su alfil negro.
Me percato de esto demasiado tarde y muy consciente de que sólo me quedan dos piezas de ropa, trato de darle gato por liebre al fijarme en su hermoso rostro, siempre quieto y dulce, mientras su mirada está clavada en el tablero.
Su cara se ilumina súbitamente y él levanta hacia mí sus tan hermosos ojos almendrados, de forma tan perfecta y engastados por esas rizadas pestañas de terciopelo que realzan su resplandor tan particular y tan semejante al de las estrellas.
Por supuesto, no se le ha escapado... Su mirada de amatista se adorna de una traviesa chispa, sus estrellados ojos mas risueños que nunca, mientras sus hermosos pómulos se alzan suavemente y acentuan el leve rictus que sus labios esbozan en una traviesa sonrisa apenas perceptible.
Mientras sigue fijándome con sus ojos violetas con ese indescriptible resplandor estelar, mueve su alfil sin hacer el más mínimo gesto, utilizando su telekinesis para adelantar su pieza, y como bien lo temía, veo horrorizado mi orgulloso caballo temblar y elevarse en el aire antes de voltear con la cabeza al revés tal una marioneta desarticulada, antes de posarse después en un precario equilibrio al borde del tablero, donde se junta a sus cinco compañeros de desgracia anteriormente caídos en el campo de honor.
Otra pieza perdida, y apenas acabo ese pensamiento que siento mi pantalón desabotonarse de una vez y el deslizador de mi cierre de cremallera resbalar lentamente hacia abajo, como si fuera animado por su propia voluntad.
Dirijo a mi bello carnero una mirada terrible y furibunda, pero él sigue fijándome con aire ingenuo y sólo me responde por un arqueo de lo que hubiera sido sus cejas si hubiera estado provisto de unas.
Él sigue entreabriendo mi pantalón como si nada y súbitamente, siento un calor intenso y muy benéfico invadir mi entrepierna, hasta que de un solo golpe, calor y pantalón desaparecen ambos como por arte de magia o más bien por un vil sortilegio, dejando mis piernas súbitamente desnudas en el frescor de la noche, mientras mi pantalón reaparece un micro-segundo después, suspendido en el aire y flotando descuidadamente hacia una silla donde se deposita con gracia y delicadeza.
Hago rápidamente la cuenta, es fácil, sólo me quedan mi boxer, mi rey, mi dama, un alfil, un caballo y unos peones desordenados, mientras en el campo contrario sólo falta un caballo, y my bello Atlante aún lleva su pantalón, su túnica de lino, sus sandalias y sus vendas en ambos brazos.
Esa vez, empiezo a transpirar aunque estoy casi totalmente desplumado, aferrándome a mi boxer, que sí que que se encuentra bien relleno.
Me las prometía muy felices.
Estaba yo tan excitado con la idea de ser el que iba a desnudar a mi hermoso amante, que olvidé que se necesita estar muy concentrado para seguir ese juego que requiere una constante atención y una estrategia visionaria, para anticipar los movimientos del adversario y pararlos al mismo tiempo que se prepara su propia ofensiva.
Pero aún no estoy totalmente desprovisto y ni siquiera completamente desvestido, aunque sé que eso no tardará mucho, por cierto... Después de todo, ¿ no podría yo aprovechar de mi desnuda condición para distraer a mi bello Atlante y arrastrarlo a un error a fin de desvestirlo sin interrupción ?
Después de todo, sólo acaba de quitarme mi pantalón y mi túnica, habiéndose asombrosamente encargado primero de mis cintas y de mis sandalias, aunque por cierto, eso me ha convenido mucho, y mantiene constantemente su mirada clavada al tablero, mirándome a los ojo únicamente antes o después de cada movimiento.
Empiezo a comprender su estrategia. Finalmente, él nunca se desconcentró porque apenas me ha observado. ¿ Y si procurase hacerme notar ?
Al mover como si nada mis anchos hombros musculosos que él adora, como lo sé bien, al ondular indolentemente mis torneados antebrazos con venas tan bien marcadas y al cruzarlos y descruzarlos para hipnotizarle, al sacar descuidadamente mis pectorales salientes cuyos encantos le subyugan irremediablemente, al estirar perezosamente mi cuello que no ignoro que por él daría hasta polvo estelar y cacharros enteros de orichalque para perderse en ello... Bueno, quizás no hasta eso, pero no muy lejos... Conozco a mi bello carnero...
Sí, bien sé que tengo desconcertante facilidad para ese tipo de juego, otro juego de alta estrategia al que estoy más que bien entrenado y por lo que la naturaleza me ha dotado más que generosamente, bien debo reconocerlo humildemente.
Mi bello Atlante, me desconcentré por completo yo mismo al simplemente contemplarte como si me asombrase o hipnotizase por tu belleza, y al imaginar de antemano cómo iba a desprenderte prestamente de toda tu ropa tan ligera, pero ahora me toca hacerte flaquear por mi escultural desnudez ya que estoy como todos los recién nacidos, sólo vestido por mi melena y accesoriamente por ese boxer que constituye el último baluarte contra tu lubricidad.
Todo lo que me falta por hacer es servirme como una táctica de mi físico favorecedor para desviar tu concentración, a falta de lograr hacerte perderla por completo. Y quizás, quién sabe... ?
Empiezo a mover descuidadamente mis brazos y mis manos, cruzando éstas bajo mi barbilla y luego posando un brazo con indiferencia a lo largo del tablero, jugando con mi otra mano con un mechón azulino, sacando imperceptiblemente el pecho y moviendo levemente mis anchos hombros musculosos.
Finjo estar cautivado por el tablero pero de reojo, veo muy bien que él me observa o más bien me contempla y que ahora su atención está llamada por mis desnudos brazos, cuyos indolentes movimientos él sigue con la mirada, o por mi torso exhibido con orgullo. Sospecho que él aun echa una vista interesada a mis hombros y a mi cuello que estiro con lánguidez por un lado y luego por el otro, mientras echo hacia atrás mis largos mechones rebeldes como si me molestaran repentinamente.
¿ Estoy soñando o mi bello carnero se está sonrojando ?
Sí, creo que sí...
Mueve una pieza con aire distraído y entreveo inmediatamente la posibilidad de capturarle un peón.
¿ Ha entrado conscientemente en mi juego o mi táctica de altos vuelos y tan alejada de la estrategia ajedrecística ha verdaderamente funcionado ?
Mi orgullo y mi experiencia me dictan que la primera opción es necesariamente la más plausible. Sin embargo, puedo notar una pequeña sonrisa de soslayo sobre su límpido rostro, y conociéndole, yo creo que mi bello carnero no se ha dejado engañar. No, por supuesto, él no se deja engañar por mis pérfidas acciones...
¡ Pero qué importa ! Sonrío triunfalmente y sin mover de mi silla, me inclino y atrapo su mano derecha mientras sumo mi mirada en la suya, y fijando mis ojos en los suyos, entreabriendo levemente la boca, acerco mis labios a su muñeca. Rozo tiernamente la piel fina tan divinamente tierna y satinada allí y deposito sensualmente un beso mojado antes de agarrar una cinta entre mis dientes, y empiezo a deshacerla lentamente alrededor de su muñeca, tirando levemente para atraer la larga faja de tela inmaculada hacia mí. Me levanto para aceder a su antebrazo y lo rozo con mis carnosos labios mientras sigo liberándolo de la venda. Nuestras miradas quedan clavadas y él me sonríe con aire divertido y muy apreciador, antes de cerrar sus ojos para impregnarse mejor de las diligentes atenciones que mis atentos y muy esmerados labios le proporcionan tiernamente.
Por fin, le he quitado esa cinta y ahora abandono su antebrazo para inclinarme hacia su rostro que ha echado hacia atrás, con los ojos aún cerrados y una sonrisa esbozada en una muda invitación a venir nuevamente libar sus labios, como la recompensa de mi ardua labor que reconoce a su justo valor.
Atrapo su nuca con mi mano libre para adelantar su rostro hacia el mío, aún teniendo con mi otra mano la suya que apreto vigorosamente, entrelazando nuestros dedos, y lo beso con fogosidad con labios y lengua, inclinándome por completo para volver a explorar mejor esa cavidad familiar tan deliciosa y acogedora que amo tanto, deleitándome con ese sabor tan particular y tan característico de mi bello Atlante. Responde de nuevo a mi beso con la misma fogosidad e intensidad y lo profundiza a su manera, y gimo al sentir su lengua ágil y traviesa estrechar la mía y arrastrarla a una danza endiablada y enardecida.
Yo podría degustarlo así durante horas enteras, jugando con nuestras lenguas estrechadamente enredadas, pero de nuevo, nuestros límites fisiológicos nos recuerdan que debemos separarnos de nuevo, pero esa vez y sin previo aviso, lo beso nuevamente, no puedo resistir. Y de todas formas, es hora de terminar con esa partida, ¿ qué más puedo esperar de ella ?...
– Haces trampas – me suelta por telepatía mientras sonríe contra mis labios y golpea mi lengua con la suya a modo de reproche.
– Es tu culpa, demonio mío, eres la tentación encarnada – le respondo de la misma manera, mientras revisto el fondo de su garganta con mi hambrienta lengua.
– Mmffff........... Mmmmmm... – es la única respuesta que obtengo.
Nos separamos de nuevo después de un largo momento, jadeando hondo, y esa vez, se echa levemente atrás, susurando mientras roza sus tentadores labios contra los míos :
– ¿ Continuamos la partida o hacemos otra cosa ?
– Abandono...
– ¿ La partida o el beso ?
– ¡ La partida ! – y con eso, me inclino de nuevo hacia sus pulposos labios para atraparlos pero retrocede a tiempo y me da un rápido besito sobre la nariz.
– Ah sí ? Pero, apenas hemos empezado... – dice con una falsa cara decepcionada.
– Seguiremos otra vez... – y me adelanto nuevamente para atrapar sus labios, pero de nuevo me resiste.
– ¡ Pero no será lo mismo ! – dice, riéndose.
– No, sera aún mejor... – y esa vez, soy el más rápido y le beso de nuevo hondo y lánguidamente.
Cuando recobramos el aliento, le pido con aire falsamente triste.
– ¿ Concedes un favor al vencido ?
– Mmmmmmmmmmm... Si no me equivoco, normalmente, se suelen ser ''desgracias para el vencido''... ¿ No ? – me susurra con una mirada cariñosa.
– Siempre hay una excepción para confirmar las normas... – insisto – Entonces, ¿ tengo derecho a una compensación ?
– ¿ De qué tipo ?
– ¿ Un strip-tease tuyo en el sofa ? – mi petición.
Me contempla, a la vez sorprendido y divertido, y luego pensativo.
– ¿ Quieres que yo me quite mi ropa encima de ti sobre el sofa donde estarías tumbado ?
– Exactamente – le respondo con una sonrisa.
Mi bello carnero lee prácticamente mis pensamientos sin siquiera necesitar hacer uso de su telepatía. Siempre pensamos lo mismo al mismo tiempo y eso también es por qué le quiero tanto.
Me ahogo en los reflejos irisados de sus grandes ojos malvas que parecen centellear con aquella idea, y después de un beso casto y rápido sobre sus dulces y cálidos labios, me dirijo hacia el sofa.
***
Continuación del capitulo aquí, con la entrega sobre el sofa. ;) (un poquito NC-17) ;D
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