“ÓSMOSIS” by Ariesnomu / Mu Saga 4 ever (verano 2007)
Capítulo 11 : Nuevas cumbres (tres meses después).
Ya llevaban tres meses juntos y se estaban descubriendo, discutiendo, jugando y dando largos paseos alrededor del Santuario tomados de la mano, evocando y compartiendo sus temas favoritos, sus aficiones y sus esperanzas, cada cual revelando así las diferentes facetas de su personalidad.
Eran bastante distintos, pero cada uno le hacía descubrir al otro algo nuevo, que se tratara de lecturas, música, artes, ocios, deportes, técnicas de combate cuerpo a cuerpo que a veces proseguían hasta en la cama, comidas, costumbres, bromeando de sus diferencias con suma complicidad, ya que habían descubierto pronto que detrás su aparente seriedad y calma, ambos eran más bien traviesos y se solía oír grandes y largas carcajadas por todas partes donde se encontraban.
Así que no sólo compartían su lecho sino también todo lo que les gustaba, todo lo que esperaban, disfrutando su mutua compañia, en una confianza total y una complicidad absoluta. Se contaban su respectiva infancia y las numerosas anécdotas de su entrenamiento, junto con lo que les interesaba aprender, entonces y aun hasta ahora.
Pronto, Mu había descubierto que Saga nunca había tenido la oportunidad de salir de Grecia y que se extasiaba ante las montañas.
A Saga le gustaba el mar, llevaban horas enteras paseándose a lo largo de todas las playas que rodeaban el Santuario, que no tenían secretos para Saga. Bajo las estrellas o un claro de luna, al final de la tarde para admirar las espléndidas puestas del sol en el mar, o temprano por la mañana antes de que el sol abrasador llegara a su cenit. Incluso se habían amado en la playa, bajo el cielo estrellado, en una pequeña caleta desierta que Saga conocía, escondida entre alejados acantilados, y después se habían bañado en el mar, jugando un poco más entre risas y tiernos besos, antes de regresar al Santuario para calentarse de nuevo entre las sábanas de su lecho.
Pero las montañas le fascinaban también al geminiano y durante su infancia, solía entrenarse en los macizos del Peloponeso. Mu podía ver como sus ojos brillaban al contarle esos recuerdos y mencionar una magnífica vista desde un monte particular, o un suntuoso crepúsculo destacando las laderas de las montañas y reflejándose en las profundas aguas de un lago.
Mu quería hacerle descubrir las majestuosas montañas del Himalaya en Jamir, ya imaginaba su maravillada mirada al ver los grandiosos amaneceres y las sublimes puestas del sol sobre las espléndidas cordilleras cubiertas de nieve, pero no se atrevía a evocarlo, temiendo que Saga pensara en los largos años solitarios que le había forzado a pasar allá.
Pero, todo estaba perdonado y olvidado ahora, ¿ no ? ¿ O iban a dejar al pasado impedirles a vivir lo que querían compartir juntos, en el presente y en el futuro ?
Así que Mu se resolvió a hablar a Saga, un anochecer en el que estaban contemplando el crepúsculo desde un acantilado dominando el mar, de pie, acurrucado el uno contra el otro.
– Saga... ¿ Te gustaría ir conmigo en un país montañoso donde se observan las más grandiosas madrugadas y puestas del sol ?
– Contigo, iría hasta el fin del mundo, amor mío – fue la respuesta.
– ¿ De verdad ?
– Claro. Suponiendo que Shion o Atenea nos dé su permiso, por supuesto.
– De eso, pienso que puedo encargarme...
– ¿ Estás pensando en algo concreto ? – preguntó Saga, sorprendido y curioso.
– Si. Algo muy concreto...
Mu se puso enfrente a Saga, quién le estaba mirando más y más curioso, y le dijo :
– Te gustan las montañas, no ?
– Si, mucho –contestó Saga con una sonrisa divertida, preguntándose que era lo que su carnero le estaba preparando.
– Pues, me alegraría mucho mostrarte las maravillas del Himalaya. En Jamir.
Hubo un silencio. Saga estaba mirando a Mu boquiabierto, como si no hubiera comprendido lo que acababa de oír. Mu sintió su corazón dar un vuelco cuando Saga bajó la cabeza y desvió su mirada. El geminiano no se había esperado esto y no parecía listo para enfrentar un lugar cargado de un doloroso pasado para el ser que más amaba sobre esa tierra. Mu se acercó y tomó sus manos en las suyas, apretándolas con suavidad.
– Saga, por favor... El pasado es el pasado. Déjemoslo donde pertenece...
– Mu...Yo... Yo quisiera... Pero...
– Por favor... Deja de pensar en el pasado. Quisiera mostrarte los caminos que solía recorrer. Esos son maravillosos recuerdos para mí, no tienes idea de la belleza de los paisajes allá, y quisiera mostrártelos. Compartirlos contigo. Vamos, te gustará... – trató de convencerlo.
Saga giró su rostro hacia Mu, sus ojos mojados de lágrimas por la emoción, por lo que Mu sintió su corazón dar un nuevo vuelco.
– No sé si podré aguantar...
– Saga... ¿ Confías en mí ?
– Claro, Mu. Con mi vida...
– Entonces, déjate llevar...Te prometo que vale la pena.
Profundamente conmovido, Saga lo miró largamente y finalmente, le dio su consentimiento con un tierno y hondo beso.
Mu pidió una entrevista con su antiguo maestro Shion a la mañana siguiente. Le explicó que quería ir a Jamir unos días con Saga para mostrarle la majestuosidad de las cordilleras del Himalaya. Shion le miró cariñosamente, enternecido al ver a su antiguo pupilo tan feliz. Por fin. Después de tantos años de soledad y sufrimiento. Y estaba igualmente contento por Saga. él también le había perdonado todo al geminiano, y le hacía feliz verlo sereno, en paz con sí mismo.
Shion sabía que Saga era una buena persona y que había sufrido más que todos por la tortura impuesta por su doble personalidad. Había sufrido precisamente porque era totalmente consciente de esa dualidad y de su impotencia en luchar contra ella, y le había apenado verlo encerrarse en sí mismo al regresar a la vida.
Pero ahora, estaba de nuevo radiante, relajado, seguro de sí mismo y chispeante, como en su juventud. Irradiaba la alegría y la plenitud. Ya que Saga había recobrado el gusto de vivir al lado de Mu.
Esos dos se veían tan tiernos juntos. Ambos habían sufrido demasiado durante trece largos años, uno por culpa de Saga, el otro por remordimiento del daño que le había causado. Parecía que sus destinos estaban estrechamente entrelazados desde el principio. Ahora, ambos se estaban curando mutuamente. Mu le daba a Saga el perdón y la redención que necesitaba el geminiano, Saga le regalaba todo el cariño que le había faltado a Mu por su culpa, y ambos compartían un amor intenso y puro que desafía la adversidad y los obstáculos de la vida.
Les dio la autorización de salir del Santuario por unos días. Radiante, Mu regresó a su Templo para preparar unas cosas que necesitaran durante su estancia en esas altas y alejadas montañas y después, se fue en busca de Saga, en dirección a su caleta preferida.
Tomando en cuenta el huso horario, suponiendo que en Jamir se suman 4 horas, comparado con Grecia, decidieron salir a las diez de la mañana para llegar a las dos de la tarde. Así, podrían aprovechar la tarde entera para dar un largo paseo y permitir que Saga se acostumbrara suavemente al clima.
Cuando llegó el momento, ambos salieron del templo de Aries, vestidos con ropa de lana. Mu tomó a Saga de la mano y teletransportó a ambos hacia Jamir. Desaparecieron del soleado suelo griego para materializarse unos momentos después al pie de una imponente torre, rodeados por altas y majestuosas montañas cubiertas de nieve, en un sagrado silencio que sólo el viento venía perturbar.
Algo aturdido por el drástico cambio de temperatura y de altura, con la falta de oxígeno, Saga vaciló levemente, por lo que Mu lo abrazó con fuerza y lo envolvió en su cálida cosmoenergía. Saga se dejó hacer por los mimosos brazos del carnero, abandonándose entre ellos. Mientras tanto, Mu teletransportó lo que había llevado con ellos en el interior de la torre, conservando únicamente algo de comer y beber.
– ¿ Estás bien ? – preguntó Mu después de un momento.
– Mmmmmm... Sííí, estoy muyyyy bien así – Saga le respondió, acurrucándose entre sus brazos y hundiendo su rostro en la sedosa melena malva.
– ¡ Jajaja ! Saga.. ¿ Estás aprovechando, no ?
– ¿ Yo ? Nunca haría eso... – con falso tono inocente.
Mu se apartó un poco para darle un besito y añadió :
– Ven aquí, quiero mostrarte algo... Y si eres bueno, te prepararé algo caliente...
Con pesar, Saga se separó del carnero y de su cálidez y lo siguió, ambos andando tomados de la mano. Finalmente, el geminiano se estaba acostumbrando a la temperatura y a la altura sin mucha dificultad.
Dieron un largo paseo por los escarpados senderos serpenteando entre imponentes picos o dominando vertiginosos precipicios, admirando la vista que se ofrecía a sus ojos, cada vez más grandiosa a cada curva. Saga estaba extasiado, había visto fotografías de las cordilleras del Himalaya, pero no se podían comparar con la sublima experiencia de verlas ante sus propios ojos. La majestuosidad de esas montañas sagradas y su prodigiosa belleza le quitaban literalmente el aliento. Mu lo observaba de reojo, sonriendo como tonto, regocijándose por su maravillada mirada y apretando su mano en la suya con suavidad.
A esa altura, no había mucha vegetación, sólo un poco de tundra, con rocas y llanuras cubiertas de racimos de valientes musgos y tímidos líquenes esparcidos entre las nieves eternas, pero este desértico paisaje era sin duda el más bello que el geminiano nunca había visto en su vida.
Después de una hora, llegaron a un magnífico lago de un extraordinario azul turquesa dominado por un imponente y majestuoso glaciar azulino, que se reflejaba perfectamente en las hermosas aguas apacibles y claras, puras como el cristal. Era una verdadera maravilla de una indescriptible belleza. Simplemente increíble.
Sin soltar su mano, Saga volteó hacia Mu con miles de estrellas bailando en sus profundas esmeraldas. Mu le sonrió con ternura.
– Pues... ¿ Valía la pena venir aquí ?
– Dioses, Mu, no imaginaba que podía ser tan...tan... – las palabras le faltaban – tan bello – dijo finalmente.
– Es aún más bello al atardecer con la puesta del sol, y también bajo las estrellas. Centellean en el lago como diamantes. Es mi lugar preferido. Solía venir aquí para meditar y observar el lenguaje de las estrellas.
– Gracias, Mu. Me has llevado al séptimo cielo. De verdad, no sé que decir.
– Entonces, no digas nada y déjate llevar por la mágica belleza del lugar y su quietud.
Claramente, el ambiente irreal de este espléndido lugar invitaba al descanso, a la paz mental y a la meditación.
Entonces, se sentaron en rocas. Mu derritió un poco de nieve y la calentó con su cosmoenergía para preparar un té tibetano y después, allí comieron los bocadidos que había preparado, contemplando en silencio la serena vista, llenándose de su apacible belleza y de la plenitud que se desprendía de ella.
Luego, dieron una vuelta por el lago, y continuaron hacia un suntuoso circo rodeado por otros majestuosos montes cubiertos de nieve.
Regresaron al lago al atardecer para admirar el crepúsculo. Sentados y tiernamente acurrucados el uno contra el otro, contemplaron la grandiosa puesta de sol sobre las montañas, coloradas por intensos reflejos rojizos y tornasolados, deleitándose por su espléndido reflejo en las aguas puras del lago que lucía cual un espejo de cristal, escuchando el majestuoso silencio que les llenaba de una quietud inmensa y benéfica.
La serenidad y la plenitud del lugar los rodeaba y los embriagaba. Esperaron un poco más para admirar las estrellas y un cuarto de luna reflejarse en las aguas del lago cual eternos diamantes centelleando en un espectacular ballet y se besaron bajo la muda y benévola mirada de los astros.
Cuando se saciaron de esa sublime visión, decidieron regresar y Mu les teletransportó directamente en el interior de la torre que había sido su casa durante más que quince años.
Llegaron al salón, cuyas lámparas de aceite Mu encendió por psicokinesis. Había una gran chimenea, con una pequeña cocina en un rincón. Las habitaciones estaban arriba, así como el baño. El cuarto estaba simple y rústicamente amueblado, pero quedaba acogedor.
– ¿ Me ayudas en limpiar el lugar ? – preguntó Mu.
– Claro.
– ¿ Listo ?
– Listo.
Y sin más, Mu utilizó su telekinesis para levantar y concentrar en un pequeño torbellino todo el polvo que se había acumulado dentro de un año y Saga se encargó de hacerlo desaparecer en otra dimensión.
– Eso es un trabajo en equipo ! – exclamó Mu con una sonrisa.
Tomó algunos leños que quedaban cerca de la chimenea, los colocó en el hogar y encendió un fuego, antes de encender la estufa que permitía calentar el agua de la cocina y del baño, así como los cuartos mismos arriba.
– Bueno, puedes utilizar el baño mientras estoy preparando la cena.
– ¿ No me acompañas ? – preguntó Saga con un leve tono de decepción en su voz.
– ¡ Jajaja ! Algo me dice que si te acompaño, la cena va a quemar...
– Eso es porque no pones bastante atención cuando cocinas... – bromeó Saga.
– ¡ Al baño, licencioso geminiano ! – fue la respuesta entre risas cristalinas.
Cuando Saga regresó, el salón estaba impregnado por un dulce calor y por un delicioso olor de cocina de lo más apetitoso, mientras Mu estaba terminando de preparar la cena. Saga se había cambiado de ropa, llevando una túnica de algodón ajustada a la cintura, y se percató de que el lemuriano también se había quitado su ropa de lana para algo más ligero y...muy...muy ¡ Dioses ! ¡ Le faltaban las palabras ! Llevaba una camisa violeta oscura sin mangas, que realzaba su piel de melocotón y resaltaba su grácil cuello de cisne, ponía de relieve sus hermosos y musculosos hombros, moldeaba su esbelto torso, acentuando la divina curvatura de su espalda, y refinaba su cintura...
El geminiano estaba babeando y no sólo por el atrayente aroma de la cocina. No pudo dejar de mirarlo con ojos brillantes, como si lo descubriera por primera vez.
Le volvía loco. Todo en él le volvía loco.
Su chispeante y profunda mirada malva, en la que se perdía.
Su belleza exótica y etérea, casi irreal, semejante a ninguna otra.
Su larga cabellera de seda que lo enloquecía con su tacto sin igual, con esos largos mechones tan lisos y de ese color malva tan particular, suave y tierno, igual que él.
Su delicioso aroma, a la vez viril y delicado, sutil y tan embriagante, que emanaba de su melena y de su cuerpo.
Ah, ese cuerpo... Alto, largo, esbelto, firme, musculoso... ¡ Cuánto lo amaba ! Su cuerpo entero. Le encantaba tanto que a menudo lamentaba no tener más manos para tocarlo y acariciarlo por todos lados... Esas largas y musculosas piernas ahusadas, ese pecho suntuoso que irradiaba la sensualidad, esos abdominales de acero que le hacían perder el sentido del tiempo, y esas divinas nalgas, tan firmes y redondeadas, una verdadera llamada a la voluptuosidad. Y que decir de ese tesoro que llevaba entre sus piernas... Sí que le volvía loco, totalmente loco...
Y esos pulposos labios, carnosos, de sabor tan embriagante, que no se cansaba de besar y que sabían tan bien excitarlo. Un indescriptible deleite. Y esa piel sedosa y tan apetitosa, aterciopelada allí y satinada allá, exquisitamente suave por todas partes, y tan sabrosa, levemente salada. Mmmmmm, una verdadera delicia para la vista, el tacto y el paladar, que podría degustar por horas enteras. Y esas manos, largas, finas y tan dulces, cuánto le gustaba sentirlas recorrer su piel y su cuerpo con una lascivia insospechada o una fogosidad aún más inesperada.
Nunca se cansaba de hacerle el amor. Le embriagaba tanto, cada vez más que la precedente. Sentir ese cálido cuerpo contra el suyo, sentir esa piel tan suave y esa carne firme contra la suya, contra sus febriles labios, bajo su golosa lengua, bajo sus hambrientas manos. Cuánto le encantaba abrazarlo y estrecharlo y besarlo, sentirlo estremecerse de pies a cabeza bajo los incesantes asaltos de sus incansables manos o de su insaciable boca, cuando lo hacía suyo, cuando le pertenecía, cuando alcanzaban la gloria...
Cuánto le gustaba besarlo cuando gozaban, bebiendo su aliento en el sublime momento del éxtasis. Juntos. Siempre gozaban juntos. Alcanzando cumbres cada vez más altas y más vertiginosas, consiguiendo una plenitud cada vez más intensa y más grandiosa.
Nunca había sentido eso antes con ningún otro que había compartido su cama en el pasado. Pero eso era el pasado, un pasado ya borrado y olvidado. Ahora, sólo contaban los momentos que compartía con aquel hermoso ángel, caído del cielo para iluminar su vida y hacerlo sentirse vivo a cada segundo que latía su corazón. Vivo, sereno, feliz, libre. Y amado. Amado por sí mismo y no por el temor que inspiraba.
***
Sintiendo la mirada del geminiano observarlo de pies a cabeza, Mu levantó la cabeza.
– ¿ En qué estás pensando ? – le preguntó Mu desde la cocina, mientras seguía mezclando lo que olía delicioso en una cacerola.
– En un hermoso angelito malva caído del cielo quien ha capturado mi corazón e ilumina cada día que los dioses me permiten vivir – fue la respuesta.
– Saga... – fue todo lo que Mu atinó a pronunciar, tan conmovido por esas palabras, antes de añadir, unos segundos después – Pues, yo estoy deslumbrado por un resplandeciente sol griego que ilumina cada uno de mis días y me llena de la más grandiosa felicidad y plenitud que se puede anhelar en la vida...
Ahora era el turno de Mu de contemplarlo, preguntándose como alguien tan fuerte, tan poderoso y tan despiadado con sus enemigos podía ser tan dulce y tan cariñoso en todos los gestos cotidianos de la vida, y por supuesto en la intimidad de su habitación, en el lecho o en algún lugar en donde le pasaba por la cabeza hacerle el amor. Es que el geminiano parecía tener ganas todo el tiempo. No que eso le molestaba, le gustaba, por cierto, pero a veces... era extraño. Aunque siempre resultaba divino, absolutamente divino, delicioso y tan tierno.
Cuánto adoraba su fogosa sensualidad y su impetuosidad en la pasión. Y sin embargo, el geminiano demostraba tanta ternura, y una inmensa delicadeza en el acto crucial.
Era una deliciosa mezcla de ternura y de pasión, la dulzura alternando con un ardor casi salvaje. Lo besaba tiernamente un momento, con suavidad y delicadeza como si fuera hecho de porcelana, y el segundo siguiente, lo estaba devorando vorazmente como si no hubiera comido desde hacía meses.
Cuánto le gustaba sentir sus manos y sus labios correr por todo su cuerpo, despertando el fuego y la pasión en todo su ser, y cuánto le embelesaba también degustar y acariciar el divino cuerpo de su geminiano, redibujar y moldear con su boca y sus dedos cada línea de su imponente complexión atlética, sentirlo perder el control de sí mismo por sus atenciones, pidiendo más, totalmente abandonado al placer que le prodigaba con alegría.
Se miraron intensamente, sonriéndose como tontos, desbordantes de alegría.
Finalmente, pusieron la mesa y se acomodaron para cenar, frente a frente, entre velas de jazmín y luego, mientras Saga fregaba los platos, Mu fue a ducharse.
Cuando regresó, Saga se acercó a él y lo abrazó por detrás, mientras depositaba un tierno beso en su cabello.
– ¿ Estamos obligados a utilizar la cama arriba ? – le susurró sensualmente al oído.
– ¿ En qué estás pensando ? – Mu le respondió, con una leve sonrisa y una chispa de picardía en los ojos, mientras le miraba de reojo con un movimiento que hubiera sido un arqueo de cejas si hubiese tenido cejas.
– Pues, veo que hay muchas pieles aquí, y mantas... – le dijo, acurrucándose contra él como si ya tuviese frío.
– ¿ Y por qué piensas que las he traido todas aquí ? – le preguntó con una gran sonrisa, mientras giraba su rostro hacia el suyo.
– Mmmmmmmm... Veo que tienes la misma fantasía que yo... – y sin esperar la respuesta, tomó sus labios por un largo y profundo beso, que se hizo aún más profundo al sentir como Mu se abandonaba entre sus brazos.
– Mmmmmmmm... ¿ Fantasía ? ¿ De qué hablas ? – le dijo inocentemente, antes de girar entre sus brazos para mirarle enfrente, con una traviesa expresión en su hermoso rostro – Pensaba en dormir afuera para admirar las estrellas. Casi no hay nubes esta noche y sabes, de aquí se observan particularmente b... ¡ Mmmmmmmmf ! – Un nuevo beso le interrumpió sin ceremonias, con una juguetona lengua que le dejó sin aliento.
– ¡¿ Ah sí ?! ¿ Afuera ? ¿ Quieres que yo pille una neumonía ? – Saga inquirió con un fingido tono de reproche, rozando su nariz contra la suya.
– ¿ Debo entender que eso no te apetece ? – dijo Mu, recuperando su aliento y mirándole con risueños ojos, mientras rodeaba su cuello con ambos brazos –Yo tenía la intención de calentarte y cuidarte...
– ¿ Te demuestro que tipo de calentamiento me apetece ? – Y sin más, otro beso, más demandante.
– Mmmmmmmm... Pues...¿ Te apetece dormir ante la chimenea ? – Mu le susurró sensualmente, rozando sus invitadores labios contra los suyos, antes de darle un muy profundo beso, robándole el aliento al geminiano a su vez.
– Mmmmmmm... Ante la chimenea, sííí, con muuucho gusto... – Un nuevo beso, húmedo y cálido – Pero dormir... No es lo que planeaba... – Otro beso de tornillo.
– ¿Ah No ?... ¿ Quieres leer ? – poniendo su cara más inocente y apartándose un poco.
Oooooh, es que su travieso carnero había decidido jugar.
– Sí, quiero leer... – susurró con voz ronca – Quiero leer todo lo que grabé ayer en cada centímetro de tu maravillosa piel, por todo tu hermoso cuerpo.
– ¡ Qué coincidencia! Yo tenía exactamente la misma intención... Contigo...
– Las grandes mentes piensan lo mismo.
– No me parece que sea una cuestión de mente...
Y entre risas y cosquillas, acomodaron las suaves pieles de yak y las mantas, antes de desvestirse mutuamente, cada uno usando su técnica preferida para esa tarea. Es decir con las manos y los dientes para Saga, y por telekinesis, con las manos y los dientes para Mu.
Entonces, hicieron el amor ante la chimenea, confortablemente tumbados sobre las pieles de yak.
El fuego crepitaba en el hogar y alumbraba sus cuerpos con luces vivas y tornasoladas, proyectando sobre las paredes las eróticas sombras de sus siluetas unidas en la pasión, en su danza sensual.
Sus enmarañados cuerpos lucían y ondulaban lascivamente el uno contra el otro, haciendo subir lánguidamente el deseo y el placer, electrizando progresivamente todos sus nervios con expertas caricias y profundos besos, entre suspiros y gemidos que resonaban en la más melodiosa y la más hermosa sinfonía.
Las bocas se exploraban como si se estuvieran descubriendo por primera vez, las lenguas se hacían juguetonas y traviesas, las manos recorrían la piel con intensidad, los labios la saboreaban con delectación, las piernas se anudaban y se desenredaban con lascivia mientras los cuerpos rodaban sobre las pieles, y los brazos estrechaban todo lo a su alcance.
Se degustaron largamente, se exploraron cada uno a su vez, se unieron tiernamente y al sentir la gloria llegar sobre ellos en una devastadora ola, sellaron sus bocas y sus manos, entrelazando sus dedos, al igual de sus cuerpos, de sus corazones y de sus almas, envueltos en sus ardientes cosmoenergías.
Sus sudorosos cuerpos se arquearon en el éxtasis en un solo y único movimiento, tensados como arcos, suspendidos en el tiempo que pareció detenerse por unos segundos antes de que descontrolados espasmos se apoderaron de ellos, mientras ahogaban sus gritos de intenso placer en la boca el uno del otro, cada uno bebiendo su embriagante aliento.
Finalmente, cayeron rendidos sobre las pieles, abrazados, agotados y jadeando por la intensidad de esa nueva gloria, saboreando las últimas olas de placer que aún recorrían sus cuerpos. Cuando recuperaron el aliento y la calma, se besaron tiernamente, largamente, y pronto, volvieron a rodar sobre las pieles para cambiar de posición y entre tiernas palabras de amor y suspiros de sumo placer, volvieron a besarse y a acariciarse, avivando de nuevo el fuego de sus cuerpos, encendiendo sus sentidos para una nueva danza, hacia nuevas glorias. Una y otra vez. Toda la noche. Embriagados por la altura. Hasta las primeras luces del alba.
Cuando despertaron, ya era media día y Mu le susurró a Saga :
– Nos hemos perdido el amanecer...
– ¿ Mmmm ? Entonces...Eso significa que podemos pasar todo el día en la cama... – abrazándole posesivamente.
– ¿ En la cama o en las pieles ?
– Como quieras – acurrucándose más contra él.
– ¿ Qué te parece una ducha antes ?
– Buena idea. Quiero mostrarte una nueva técnica...
– Después, quisiera mostrarte el mercado del pueblo y otros senderos con magníficas vistas.
– ¿ No nos quedamos en casa ?
– Tenemos toda la noche para eso. ¿ No ?
– Es demasiado corta.
– ¡ Jajaja ! Sería más larga si durmiésemos – con risueños ojos.
– ¿ Me has llevado al séptimo cielo para dormir ? – susurrado sensualmente contra sus labios.
– Saga... Nos quedan tres días... Tenemos que aprovechar. ¿ No ?
– ¡ Te demuestro mi idea de aprovechar !
Y entre gritos y carcajadas, aprovecharon.
Tres días para amarse entre espectaculares amaneceres y suntuosos crepúsculos, entre largos senderismos bajo un sol radiante, centelleantes estrellas o un claro de luna. Tres días y tres noches. Olvidando el sentido del tiempo, solos en su mundo. Sin obligaciones ni coacciones, sin deber dar cuentas, sin deber nada a nadie, sin interrupción. Sólo para ellos. Y alcanzando nuevas cimas rivalizando con el Monte Everest.
FIN
***
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