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“ÓSMOSIS” by Ariesnomu / Mu Saga 4 ever (verano 2007)
Capítulo 1 : Un nuevo comienzo
La terrible guerra santa contra Hades había terminado desde hacía unas semanas.
Los dioses olímpicos habían sido conmovidos por el sacrificio de todos esos valientes y valerosos guerreros de cada ejército, que habían demostrado su inmenso coraje y su devoción absoluta hacia su respectiva divinidad.
Ante tal dedicación y abnegación, decidieron por unanimidad que todos los que habían caído en esa sangrienta guerra merecían volver a la vida, para poder aprovecharla, disfrutarla y seguir sirviendo a su dios o a su diosa y a su causa.
Pero había condiciones : que nunca más se enfrentaran entre ellos, sino que se ayudaran y se unieran, si fuera necesario, en caso de un ataque por otras divinidades que no fueran del Olimpo.
Pues, los dioses del Olimpo formaban una familia y no deberían perder su tiempo y sus energías en una estéril e irrelevante guerra fratricida cuyo resultado sólo podía ser un desastre, que sólo podía acabar debilitando su posición en esos territorios, exponiéndolos además a la codicia de otras deidades, hasta abrir el camino hacia el Olimpo.
Porque sin duda, había otros dioses en otros países y no era cierto que no decidieran, algun día, invadir sus territorios e imponer su propio gobierno y sus leyes, destruyendo todo lo que habían construido desde hacía milenios.
Ya eran aliados a los dioses nórdicos del reino de Asgard, gobernado por Odín.
Aún ningun otro se había manifestado, quizás las divinidades no se habían despertado o reencarnado, pero era necesario estar vigilante. La paz de la tierra y el equilibrio del mundo dependían de esto.
Entonces, Hades había sido resucitado, así como sus espectros, con la condición de nunca volver a invadir la tierra, que era el territorio de Atenea. De hecho, el Inframundo era aún más grande que éste y nunca le faltarían nuevos sujetos ya que toda la población de Atenea acabara en su reino, por lo que sus espectros siempre tendrían trabajo. Sin embargo, los espectros podrían regresar sobre la tierra pero únicamente para hacer investigaciones sobre otros santuarios divinos, y con la autorización expresa de Zeus en persona, a petición de Hades.
En cuanto a Atenea, había salido victoriosa de esa guerra y había vuelto con los caballeros de bronce a Japón, para dedicarse a los asuntos de la empresa Kido.
Los catorce caballeros dorados habían sido resucitados y Shion había recuperado el papel de gran Patriarca del Santuario, a petición de Atenea. Así, por primera vez en esa generación de caballeros, todos los santos dorados estaban reunidos en el domanio sagrado.
El deber de los caballeros de oro seguía siendo la protección del Santuario, y también hacer investigaciones y misiones diplomáticas sobre los santuarios divinos extranjeros en cuanto oyeran hablar de estos o esos se manifestaran. Eso podía ocurrir en cualquier momento o nunca suceder, pero debían prepararse a tal posibilidad, para prevenir contra cualquier eventualidad.
Pero por el momento, los caballeros disfrutaban esa nueva vida y la paz que reinaba en la Tierra.
Sus reencuentros habían sido muy emocionantes. Todos habían llorado a lágrima viva al volver a ver a cada uno. No podían creerlo. Esa vez, al contrario de lo que había pasado ante el Muro de los Lamentos, habían tenido todo el tiempo para mirarse, hablarse y apretarse las manos o abrazarse.
Aioria había estrechado a Ayolos hasta asfixiarle y se había aferrado a él como si hubiera sido su boya salvavidas. Shion y Dokho habían caído en los brazos el uno del otro, así como los gemelos infernales, y cuando por fin su hermano le había soltado, Ayolos con Shura. Después de trece largos años por los unos, y más de dos siglos por los dos ancianos, esas tres parejas volvían a encontrarse, por fin. En paz. Perdonando todo lo que había ocurrido entonces entre ellos o durante la reciente batalla contra Hades. Bajo la enternecida mirada de su diosa y de los otros, que no se habían quedado sin acciones.
Milo había apretado desesperadamente a Camus en sus brazos, y Mu había sido asaltado sin tregua por sus compañeros : por Aldebarán, su vecino y amigo desde siempre, que casi lo había asfixiado por su fenomenal fuerza; por Shaka, su mejor amigo y hermano de alma como de armas, quien por primera vez en su vida, había demostrado emociones humanas al abrazarle en lágrimas; por Milo y Aioria, con los que había combatido en varias y feroces peleas durante la guerra contra Hades, juntos, codo a codo, firmemente unidos y solidarios hasta el fin, lo que había estrechado los vínculos de amistad entre ellos; y cuando por fin los dos viejos amigos se habían separado, por su maestro Shion, tan conmovido de tener la oportunidad de borrar su último encuentro con su antiguo pupilo y poder mostrarle todo su cariño y su orgullo, al ver como el niño que había entrenado y querido como su propio hijo se había convertido en todo un hombre, ¡ y qué hombre ! Poderoso, sabio, lúcido, fuerte, y sin embargo tan dulce, humilde y generoso.
Grupos se habían formado y deshecho entre risas, gritos y sollozos de alegría y emoción hasta que todos se felicitaran o, al menos, se apretaran las manos o se dieran un abrazo o el espaldarazo.
Porque a pesar de la alegría de verse todos reunidos en vida, quedaban algunas distancias por salvar. No resultaba tan fácil para unos llevar el peso de sus pasadas culpas, aceptarlas y hacerlas aceptar. Aquellos se habían quedado apartadamente, vergonzosos, no atreviéndose a acercarse a los que se congratulaban entre risas y grandes acoladas o francos abrazos.
Así, Máscara Mortal y Afrodita se habían mantenido aislados, nerviosos, con la mirada contrita y avergonzada, y fue Mu quien se había acercado a ellos con una franca sonrisa para estrechar la mano a ambos, como ya lo había hecho ante el Muro de los Lamentos, y recibir en cambio un gran espaldarazo fraternal. Por lo que todos habían seguido su movimiento para un enérgico apretón de manos con esos dos, aliviando así su conciencia.
También, una vez despegados el uno del otro, los gemelos se habían quedado aparte. De todos los que tenían algo por reprocharse, esos dos eran los que se sentían más culpables, y se veían completamente perdidos, confundidos, sintiéndose no merecedores de esa nueva vida, a pesar del profundo arrepentimiento que se podía leer en su desesperada mirada.
Shion y Ayolos habían abrazado a un totalmente desamparado Saga para asegurarle de que todo estaba perdonado. Hasta Aioria le había apretado la mano, aunque secamente y con una mirada fría, pero lo había hecho. Mu se había acercado a él, sonriente y empezando a abrir los brazos para abrazarlo también, pero en ese momento, un tornado pelirojo llamado Kiki había surgido de la nada y le había monopolizado con gritos y lágrimas de alegría. Sin embargo, la larga mirada cargada de emoción e indulgencia, y la dulce sonrisa que Mu le había dirigido al geminiano, mientras estrechaba al niño entre sus brazos, le habían dicho todo a Saga, quien recibía las acoladas de sus compañeros sin despegar sus ojos del joven lemuriano, devolviéndole una mirada cargada de lágrimas contenidas de emoción y agradecimiento.
Mientras tanto, Milo le había dado un amistoso espaldarazo a Kanon antes de abrazarlo, en señal de aceptación como un igual, como ya le había reconocido como el caballero de oro de Géminis, después de haberle hecho probar sus agujas, al principio de la guerra contra Hades. Con eso, todos sus compañeros le habían apretado la mano a modo de bienvenida, y Shion le había abrazado como lo había hecho con su hermano.
***
Hacía tres semanas que habían regresado de los infiernos y la vida volvía a seguir su curso, tal y como hubiera debido ser siempre, con todos los santos de oro reunidos y unidos como los hermanos de armas que debían ser, bajo la supervisión del Patriarca.
Continuaban entrenándose cada día, para no perder su extraordinaria condición física adquirida tras tantos años de duro entrenamiento, y mantener y mejorar sus respectivas técnicas si todavía eso era posible, enfrentándose en parejas para acostumbrarse a otras formas de combate en caso de una nueva guerra contra una divinidad extranjera.
Además, todos recuperaban el tiempo perdido, unos aprendiendo a conocerse y otros volviendo a encontrarse.
Shion y Dokho tenían más que doscientos años que recuperar y pasaban casi días enteros juntos, discutiendo con emoción del pasado o simplemente disfrutando cada uno la compañia del otro.
Ayolos era inseparable de su hermano y de Shura, quien había sido su mejor amigo antes de la tragedia, el cual compartía sus jornadas también con Máscara Mortal y Afrodita, sus dos acólitos de aquellos años oscuros en que los tres habían ciegamente servido a Saga, siendo sus fieles asesinos personales encargados de matar a todos los que se habían abiertamente rebelado contra él.
Por su parte, Máscara Mortal y Afrodita se habían acercado a Mu. Le estaban sumamente agradecidos por su actitud hacia ellos ante el Muro de los Lamentos, y después al regresar a la vida.
Mu había sido el único quien les había dado la bienvenida cuando sus almas habían aparecido en Judesca, junto a las de sus compañeros de armas caídos en los anteriores y feroces combates.
Ellos dos habían quedado aparte de los otros, algo avergonzados por sus pasados actos. Pero habían venido, habían respondido a la llamada de las armaduras de oro ante el muro para ayudar a sus compañeros a salvar a Atenea. Claro que esto no era suficiente para borrar todos sus pasados errores, pero habían venido.
Y Mu se había inmediatamente acercado a ellos, les había acogido con una franca sonrisa y una mirada que expresaba sin la menor duda posible su alegría de verlos, hasta les había apretado la mano.
Mu, a quien ambos habían tratado de matar al llegar al Santuario como espectros solo unas horas atrás.
Mu, él quien precisamente les había mandado a ambos de regreso al reino de los muertes de un solo golpe después que le habían atacado.
Mu, todo dulzura y calma, quien se había enfadado al verlos ahí como fieles espectros a Hades, jactándose de haber vendido su alma al señor de los muertos a cambio de una nueva vida.
Mu, todo paciencia y comprensión, quien no había buscado excusa alguna ni más explicaciones ante tal traición.
Mu, uno de los más poderosos caballeros del Santuario, respetado por todos, tanto por su fuerza tranquila como por su gran sabiduría a pesar de su joven edad, su lúcidez, su discernimiento y su entendimiento, sin hablar de su dulzura, generosidad y dadivosidad. Al demostrar a sus compañeros que consideraba a esos dos antiguos traidores como hermanos de armas, había abierto el camino hacia su redención y absolución.
Y ahora, Mu aprendía a conocerlos y apreciaba mucho su compañia. Ambos tenían un irresistible sentido del humor y eran muy cultivados, se interesaban en muchas cosas y tenían interesantes conversaciones, no eran superficiales como las apariencias podían hacerlo pensar, especialmente en el caso de Afrodita. Como el buen esteta que era, éste se interesaba mucho en la arquitectura y en los artes como la pintura y la escultura de los cinco continentes, asi como en sus mitologías que comparaba con la de Escandinavia, mientras probablemente influido por el rico pasado de su país natal, Máscara Mortal se apasionaba particularmente por la historia de las civilizaciones de todos los países.
El Italiano era también un total aficionado de fútbol, como Shura y Aldebarán, y cuando los tres hablaban de los encuentros de sus equipos favoritos, las conversaciones estaban muy vivas e intensas, bajo las atónitas miradas de Afrodita, Ayolos y Mu, que no comprendían esa excesiva afición por un deporte donde los jugadores pasan todo su tiempo corriendo como locos trás un balón.
A decir verdad, Mu tenía muchos años que recuperar con todos sus compañeros de armas, de los que había sido separado por los largos trece años que había durado su exilio forzado en Jamir. Se daba cuenta que no les conocía tan bien, aun aquellos con quienes había entablado amistad en el poco tiempo que había pasado entonces en el Santuario, es decir los de su edad, Shaka, Aldebarán, Aioria, Milo y Camus. Habían cambiado mucho en todo ese tiempo, pero los vínculos de amistad habían quedado.
Así, sus días eran bastante largos y completos, al recuperar el tiempo con casi todos, entre los entrenamientos cotidianos, las sesiones de meditación con Shaka en el Jardín de los Sales gemelos, el entrenamiento de su joven aprendiz, los momentos que pasaba con Máscara Mortal, Afrodita, Shura y Ayolos, por una parte, y por otra parte con Kanon, Milo, Camus, Aioria y Aldebarán, y los que pasaba con Shion y Dokho.
Sin hablar de la reparación de las armaduras de oro que acababan solamente de volver del Inframundo. Unas habían particularmente sufrido durante la guerra contra Hades : las de Camus, Ayolos, Shaka, Aioria y Dokho habían sido destruidas por los dioses gemelos, Hipnos y Tanatos; las de Milo y de Kanon habían sufrido a manos de Rhadamantys; y todas habían sufrido el contragolpe de la explosión del Muro de los Lamentos.
Otro que descubría a sus compañeros de armas era Kanon. Él se integró sin mucha dificultad en el Santuario, con la ayuda de Milo. Finalmente, a pesar de que él había sido al origen de la locura de Saga, o más bien había despertado su lado oscuro, nadie le conocía ni tenía ningun prejuicio sobre él y le resultó más fácil mezclarse con sus compañeros, con su innata alegría, su carácter sociable y su sentido del humor.
Al contrario, Saga se aislaba totalmente de sus compañeros. Aún no comprendía por qué seguía con vida y no podía mirar a los ojos a sus compañeros, salvo a su hermano. Aún no estaba listo.
Demasiado avergonzado por sus actos pasados, incapaz de olvidarlos y de perdonarse, a pesar del perdón que su diosa y sus compañeros le habían otorgado, huía la compañía de todos, forzándose solamente a ir a los entrenamientos cotidianos, pero aún así, sólo se entrenaba con su hermano y rehusaba hacer pareja con cualquiera que fuese para ello.
Pero al encerrarse en sí mismo, Saga se hundía poco a poco en una profunda depresión, y ya no era ni sombra de lo que fue.
No se perdonaba los acontecimientos y sufrimientos que había causado.
Había asesinado al Patriarca porque éste había elegido a otro para sucederle. Había usurpado su papel y atentado contra la vida de la diosa misma cuando era solamente un bebé. Había hecho matar a un hermano de armas por el mejor amigo de éste. Y como si no fuera suficiente, había sembrado el terror y la muerte por todas partes durante trece largos años. Había pervertido a tres hermanos de armas de la suprema orden de la caballería. Había aislado a dos fieles y leales caballeros dorados y les había tratado como traidores. Y todo ese desastre había culminado en una sangrienta batalla fratricida que les había costado la vida a incontables caballeros de plata y a cuatro valerosos caballeros de oro, debilitando así la orden sagrada de la caballería, la última defensa de la diosa, al preciso tiempo en el que Atenea necesitaba todas sus fuerzas.
Poseidón y Hades no habían dejado de sacar provecho de esas heridas abiertas en los flancos del ejército sagrado de Atenea, infligidas en el corazón de la orden por su propia culpa.
¿ Cómo podría jamás perdonarse esto ? ¿ Cómo sólo podía merecer una nueva vida ?
Claro que todos le habían dicho que todo estaba perdonado, pero... Eso no podía borrar lo que había hecho, aunque ellos siguiesen con vida y se vieran tan felices ahora.
Shion, Ayolos, les había matado... Atenea, había tratado matarla cuando sólo era un inofensivo bebé. ¡ Un bebé !!!!... Aioria, Mu... Les había hecho tanto daño. Y todos los otros que había engañado...
¿ Cómo podía mirarlos a la cara ?
Y su propio hermano que había encerrado en el Cabo Sunion, condenándole a una muerte cierta. El destino había elegido otra salida para Kanon, pero... Lo había hecho, había intentado matar a su propia sangre, a su propia carne... ¿ Cómo podía sólo mirarse en el espejo ?
¿ Cómo podía sólo vivir con el peso de tantas y de tales culpas ? Esas no se podían borrar de un solo ''todo está perdonado'', en un simple abrir y cerrar de los ojos. No para él... No podía soportarlo, no podía aguantarlo... No le limpiaba de sus muchos pecados y crimenes...
***
Aunque no lo mostraba, le dolía mucho a Mu ver a Saga así, encerrado en sí mismo, con la mirada vidriosa, triste y fría.
Su bello rostro reflejaba la pesadez y el desamparo, parecía no comprender lo que estaba haciendo allí, por qué quedaba con vida.
Hasta su magnífica cabellera azulina, habitualmente semejante a la salvaje y orgullosa melena de un león, había perdido su extraordinaria vida, mientras su resplandor se había apagado, al igual de su hermoso rostro, y ahora su pelo se veía totalmente deslustrado.
Y ya ni siquiera se tenía derecho, parecía más bien soportar el inmenso peso de todas sus culpas sobre los hombros, cual Atlas sosteniendo la bóveda celeste y el peso de su pecado hacia los dioses en su castigo, andando como una alma en pena.
Mu quería hacer algo para ayudarle, para aliviar su conciencia, pero no sabía qué hacer. Además, Saga se alejaba de todos y todo. ¿ Cómo acercarse a él y ayudarle ?
La verdad era que Mu se sentía destrozado al verlo así como si fuera él mismo o su querido maestro que se encontrara en tal deplorable estado.
No podía soportar ver al antiguamente orgulloso y chispeante caballero de Géminis decaer así.
Le rompía el corazón. Siempre había admirado a Saga, desde el primer momento en el que le había visto al llegar al Santuario. Había sido su modelo, a él y a todos los aprendices. El geminiano era el caballero ejemplar al que todos querían parecerse.
Siempre había creído en él, aunque hubiera descubierto que había usurpado el papel del Patriarca.
Pero también, tenía conciencia que lo que sentía por él, ya no sólo era mera admiración.
¿ Cuando la adoración que le llevaba al geminiano se había transformado en un sentimiento más tierno, más que cariñoso ? No lo sabía. Todo lo que sabía era que daría su vida y su alma para ayudarle y verle sonreír de nuevo, verle lucir y chispear, feliz y seguro de sí mismo, tal y como le había conocido en la primera vez que le había visto...
Pero... Quizás había algo que podría hacer...
Sí...
Había algo... Pero tendría que discutirlo primero con su antiguo maestro. Y después con Kanon. Antes de hablarle a Saga...
Mientras tanto, ya podía ir a Jamir para recoger unas cosas...
***
Después del entrenamiento de la mañana siguiente, Mu pidió una entrevista con su antiguo maestro para exponerle su proyecto y preguntarle su opinión. Discutieron largamente e hicieron investigaciones en la gran biblioteca del Santuario por unas horas, buscando informaciones en los diarios de los precedientes Patriarcas, diarios que constituían un verdadero tesoro y que sólo Atenea y el Gran Patriarca podían consultar.
Al regresar a su templo a principios de la tarde, Mu encontró a Kanon en la casa de Géminis. Éste se encontraba solo en el gran salón del Templo, leyendo, mientras Saga quedaba encerrado en su habitación.
Venía bien, ya que tenía algo que decirle y mostrarle al gemelo menor, y prefería encontrarse a solas con él para preguntarle si podía pasar a verlo en la primera casa. El gemelo asintió y como ninguno de los dos tenía nada particular que hacer en ese momento, ambos descendieron hasta la primera casa.
Mu le explicó lo que tenía intención de hacer y que ya lo había discutido con Shion, que le había apoyado después de las investigaciones que hicieron ambos, pero ahora necesitaba el permiso de Kanon, antes de hablar con Saga.
Kanon estaba muy conmovido por la tentativa del joven lemuriano para ayudar a su hermano. Él mismo ya no sabía qué hacer para salirle de su ensimismamiento y lo veía hundirse cada día más profundamente en su depresión sin poder hacer nada para él. Saga se rehusaba a hablar de eso y no respondía a las tentativas de su hermano para animarle.
Kanon había confiado su angustia a Milo y a Camus, y como todos, pensaban que Saga necesitaba tiempo para recuperarse y que las cosas acabarían arreglándose, por sí solas, pero... No podía dejar de preocuparse por su hermano.
Él mismo era al menos tan responsable como Saga, sino más, siendo el que despertó y atizó su lado oscuro. Y había engañado a un dios, Poseidón en persona, para después provocar una guerra contra Atenea. De los dos, él era probablemente el más culpable. Sin embargo, había logrado superar la vergüenza de sus actos pasados, aceptarlos, aprender de ellos, arrepentirse y seguir adelante. ¿ Por qué Saga no podía hacer lo mismo, entonces ?
Quizás... Quizás la idea del lemuriano fuera el primer paso que pudiera ayudarle a aliviar su conciencia y curar las heridas de su alma... Dio su consentimiento a Mu, mirándolo con agradecimiento, sumiendo sus esmeraldas en los profundos ojos violetas de ese extraño joven hombre de poderes y percepciones mentales excepcionales, cuyo rostro fino y delicado irradiaba la dulzura y la generosidad. Aún no conocía muy bien a todos los caballeros, pero le parecía que Mu era respetado y sinceramente apreciado por todos por su inmensa cualidad humana. Aunque fuera un lemuriano. O quizás precisamente porque era un lemuriano, percibiendo mejor que todos sus compañeros las profundidades de las almas humanas y sus tormentos.
Sí... Quizás él pudiera curar las hondas heridas del alma destrozada de su hermano...
***
Saga había oído a Mu hablar con Kanon al cruzar el templo de Géminis.
A decir verdad, había percibido la dulce cosmoenergía del lemuriano acercarse y eso solo le había salido de la torpeza en la que entonces se encontraba sumido, tumbado en su lecho, en la penumbra de su habitación cuyas cortinas había cerrado.
Y al oír su voz melodiosa, había escuchado con atención lo que le decía a su hermano, preguntándose que era lo que el joven lemuriano quería mostrarle, y no había podido dejar de salir de su habitación después para seguirlos discretamente con la mirada cuando se habían alejado.
Escondido detrás una imponente columna, les había contemplado bajar las escaleras, juntos.
Mu...
¿ Cuando el cariño y la tierna admiración que le llevaba al carnerito se había transformado en un sentimiento más tierno, más...amoroso ? Porque ya lo había bien reconocido...
Cada vez que lo veía, sentía su corazón embalarse y faltar unos latidos en su excitación.
Cada vez que sus miradas se cruzaban, tenía la impresión de que iba a ahogarse en esas profundas amatistas tan violetas que irradiaban la suavidad y la generosidad.
Cada vez que se encontraba cerca de él, se sentía hechizado por el sutil y tan característico aroma del lemuriano que se desprendía de su larga cabellera de seda, y al mismo tiempo se sentía serenado por su poderosa y benévola cosmoenergía, tan cálida y tranquilizadora.
Cada vez que oía su voz dulce y melodiosa, tan apacible y apaciguadora, se sentía flotar en otra dimensión.
Sólo su larga experiencia en engañar a la gente le había permitido fingir una perfecta indiferencia o parecer más frío que el más endurecido glaciar, escondido tras una mirada fría e indescifrable.
¿ Cómo un ser malvado y sucio como él mismo podía sólo esperar merecer el cariño de tan puro ángel ?
Porque Mu era puro. Era tan dulce, tan perfecto. Era un ángel. Simplemente un ángel.
Verdaderamente, Mu era todo un amor, la dulzura, la bondad, la benevolencia y la generosidad personificada. Y era fuerte, brillante, inteligente, sabio y lúcido, y a pesar de todo eso, quedaba tan humilde.
Por cierto, de todos los caballeros de oro, él y Aioria eran los que habían más sufrido por su culpa durante los trece anõs que precedieron la batalla de las 12 casas.
Entonces, solamente tenían 7 años, ya habían obtenido sus armaduras y eran caballeros dorados, pero a pesar de sus extraordinarios poderes, todavía eran niños, eran frágiles y se habían encontrado abandonados a sí mismos en circunstancias dramáticas.
Aioria había perdido a su hermano mayor tan querido, Mu había perdido a su maestro al que quería como a un padre, y ambos estuvieron considerados rápidamente como traidores durante estos largos trece años.
Aioria se había quedado en el Santuario, pero para sus compañeros, gracias al maquiavélico plan de Saga, era el hermano del traidor que había intentado asesinar a la reencarnación de Atenea.
Mu había huido, condenado a un exilio forzado para quedar a salvo, y para todos sus compañeros, gracias a la malevolencia de Saga, era un desertor que había abandonado su cargo, su deber y su honor.
Finalmente, Mu había regresado para ayudar a los caballeros de bronce a salvar a Saori, había probado que había tenido razón de oponerse a él que había usurpado el papel de Patriarca durante esos trece años, y sin embargo, no había tenido ningún resentimiento hacia sus compañeros por haber dudado de él y haberlo abandonado. Seguía siendo amable y servicial con todos, como siempre, sin rencor.
Hasta le había perdonado a Saga sus atroces actos y crímenes. El geminiano lo había leido en sus ojos antes de darse muerte ante Atenea.
Y sobre todo, nunca había perdido ni su sonrisa ni su dulzura, ni tenía amargura ninguna, mientras su fuerza había crecido increíblemente, al igual de su sabiduría.
No, Mu era un ser demasiado puro para él, demasiado puro para que él no acabara haciéndole sufrir por su locura y su trastornado espíritu, y no quería lastimarle más que ya lo había hecho por el pasado. No lo merecía.
No. Mu era y quedaría como una fruta prohibida para él.
Y era tan joven, más joven que él mismo, aunque por cierto, ya no era un niño, sino todo un hombre. ¡ Y qué hombre ! Alto, fuerte, sabio, inteligente, justo, generoso... ¡ Cuánto había crecido el niño de siete años !
Era simplemente perfecto. Era la perfección que él mismo había sido a los ojos de todos antaño, antes de que su oscuro lado se apoderara de su mente y lo alienara por completo, transformándole en un monstruo sanguinario.
Cuánto se había odiado por haber dañado al joven lemuriano.
Sólo había podido imaginar el intenso dolor que le había causado al matar a su querido maestro. Y había imaginado su inmenso desamparo y su desesperación al encontrarse a solas cuando había huido lejos, tan lejos, aislado en esa terrible soledad durante trece años, lejos de sus amigos, de sus hermanos de arma, de esa única familia que le quedaba sobre esa tierra... Se la había robado...
Al mismo tiempo, no había podido dejar de admirar el coraje, la bravura y la extraordinaria fuerza mental del joven niño al oponerse abiertamente al falso Patriarca que había sido, con riesgo de su propia vida, y al aguantar todas esas pruebas sin pestañear, sin flaquear, sin nunca perder la esperanza ni su dulzura ni su sentido del deber sagrado, y sin caer en el deseo de una venganza sanguinaria triunfalista.
Y no sólo le había dañado, le había decepcionado también, mucho.
Había visto en su magnífica mirada malva cuánto le había dolido verlo regresar así, como un renegado. Oh, Mu, si sólo hubiese podido explicarle todo. No había soportado ver esa suma decepción y esa desesperación en su bello rostro tan puro, había estado a dos dedos de flaquear, por unos ínfimos segundos había creído que iba a revelarle todo, pero se había repuesto en el último momento y se había escondido detrás una fingida frialdad.
Sin saberlo, Shura había venido en su ayuda al atacar a Mu en ese instante y Saga se había quedado atrás. Lo más que había podido, tratando de no participar en los intercambios con el lemuriano. Hasta que ya no había podido evitarlo.
Y fue entonces que Mu había visto sus lágrimas de sangre. Había leído en el fondo de su atormentada alma el suplicio que estaba padeciendo. Él y sus compañeros de desgracia. Había sido el único en percibir esa tortura interna, ese cruel dilema que estaba devorando sus corazones. Aun Shaka, el hombre más cercano a dios, no lo había visto.
Y cuando había matado a Shaka... Esa mirada tan violeta que le había atravesado... Apenada, herida, desesperada, y a la vez comprensiva y tan calma...
Cuando le había tendido el rosario de Shaka, sus profundos ojos se habían clavado en los suyos propios y a pesar de todo, a pesar de que acababa de matar a su mejor amigo, le había dado a entender que ya le había perdonado. Hasta había tratado de calmar a Aioria y a Milo. Y cuando les había provocado y forzado a utilizar la Exclamación de Atenea, mientras Aioria y Milo habían echado espumarajos de rabia, una vez pasado el momento de sorpresa y de negación e incomprensión, Mu había quedado muy calmo y le había enfrentado directamente en la posición central de la Trinidad sin vacilar, sereno, determinado, y sin embargo muy decepcionado, tan decepcionado.
¿ Había existido una sola vez en la que no le había decepcionado ?
Y a pesar de todo esto, al regresar a la vida, le había perdonado todo. Hasta había estado listo a abrazarlo. Aun recordaba su rostro tan puro, tan dulce, tan abierto, dirigido hacia él y como se había acercado a él, sonriente, abriendo los brazos, cerca, tan cerca, más y más cerca... Kiki había surgido entonces de la nada y le había robado ese abrazo que había esperado, que había anhelado. Que hubiera curado su alma.
Pero no. No lo merecía. Mu no era para él...
Aunque le dolía en lo más profundo de su ser, sabía perfectamente que Mu era una fruta prohibida para él y que ni siquiera tenía el derecho de esperar algo con el lemuriano.
Ya tenía su perdón y su respeto. No tendría algo más. Si verdaderamente lo amaba, tendría que contentarse con eso, aun tendría que quedarse lejos de él, para no ceder a la tentación.
Tendría que resignarse a esto.
***
Continuación con el capitulo 2 ''Recuerdos'' aquí
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